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DESDE ARGENTINA

Por Carlos Madama - Buenos Aires, Argentina.

LA INSPIRACIÓN

 

La inspiración, dicen los entendidos en la materia, es eso que llega cuando las neuronas están perdidas dentro de la holgazanería del cerebro, generalmente ocupado en nimiedades o cosas que no aportan a la cuestión. ¿Qué pasa que no entregas los artículos a tiempo? Pregunta el editor y ahí, entre el reclamo y la urgencia, buscamos al Dios inspirador para que nos dicte algo más o menos potable para presentar y poder hacer el cierre del periódico dentro de los tiempos previstos.

“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando” decía un risueño Pablo Picasso sentado a una silla frente a un paño infinitamente blanco, con los pinceles apoyados en un estante y los colores esperando que los bendigan en lo que seguramente con el tiempo sería una obra maestra.

En el caso de los escritores, la situación es totalmente diferente a las del famoso artista malagueño. Primero hay que buscar la idea, el concepto y la forma de hacer llevadero para el lector una nota periodística y segundo, plasmarla en la pantalla de una computadora llena de teclas pero vacía de sentimientos.

Y allí es donde la inspiración juega un rol fundamental y decisivo, porque desparrama sus sapiencias infinitas y consigue que nos explayemos hasta con los ojos cerrados. El desfile de ideas y de consideraciones explota y se traslada desde la cabeza a los dedos y estos escriben maravillas que jamás hubieran pensado siquiera deletrear.

La inspiración también es fundamental en el amor. ¿Cuántos romances hubieran quedado inconclusos si de la boca del enamorado no hubiesen brotado las palabras exactas para enternecer a la mujer que las estaba esperando?

De hecho, los antiguos griegos creían que los poetas eran seres especiales inspirados por la divinidad y que las musas les concedían el don de cantar las grandes hazañas de los grandes héroes del pasado. En la Ilíada y La Odisea, el poeta Homero pide ayuda a las musas para que hagan surgir de sus labios las palabras de la historia que tiene que relatar.

De allí que haya quedado la costumbre de pensar en la inspiración como algo divino, como algo que nos cae del cielo.

Algunos escritores suelen tener ciertos rituales, como Isabel Allende que empieza a escribir una novela nueva siempre en la misma fecha, siendo esta otra manera de conjurar a las musas, de llamar a la inspiración, porque piensan que esa fuerza los “invadirá” y así podrán escribir mejor. Sin embargo, no se trata sólo de recibir la inspiración sino de lograr trabajarla cuando llega.

Con relación a esta idea, hay una frase del escritor japonés Ryünosuke Akutagawa en la que uno de sus personajes, dedicado a escribir novelas, habla de la inspiración como algo que hay que aprovechar cuando llega “La inspiración -dice- apenas se diferencia del fuego. Si no se sabe avivar, aunque consiga arder, enseguida se extingue”.

En definitiva, a la inspiración no habría que concebirla como un soplo divino, sino como una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio. Hay un  momento en que todos los conflictos se apartan y a uno se le ocurren cosas que no había soñado y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir. Eso es lo que llamamos inspiración.

 
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Carlos Madama

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