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Desde mi Ventana

por Mercedes Moresco

Argentina campeón

Este fin de año los argentinos tuvimos un motivo para celebrar que, de un modo casi mágico, nos une. En un país dividido por una grieta política, y ya cultural, el mundial de fútbol, de la mano de veintiséis jugadores que hoy son ensalzados como héroes de la patria, ha logrado lo que parecía imposible: aunar a todos en un mismo grito de euforia: ¡Argentina campeón!
Tenía doce años cuando Argentina salió campeón por primera vez, en el ´78, con Mario Kempes y su melena ochentosa, festejando los goles a puro pulmón en una cancha ensombrecida por la dictadura militar. Fue esa mi primera vivencia mundialista, cuando los partidos se veían en blanco y negro o se escuchaban por la radio. Pero las banderas, los saltos, los cantos de la hinchada y las multitudes en el obelisco no cambiaron.
Después vino el ´86 y Maradona, la fiesta del fútbol otra vez y la pasión llenando todos los corazones, esta vez liberados en una Argentina democrática que miraba el pasado con dolor y ansias de justicia. Diego elevó el ya crecido orgullo argentino a una esferas celestiales, donde se lo llamó dios, y se le perdonaron todos los excesos y extravagancias con tal de verlo jugar al fútbol. Pero su reino fue corto y tuvo un final trágico en los ´90, cuando dio dopping positivo en el mundial de Estados Unidos, en el partido contra Grecia. - “Me cortaron las piernas”- declaró el futbolista mientras millones de argentinos llorábamos la injusta desgracia.
Cuando todos veíamos entristecidos el ocaso de un ídolo, apareció un pibe que jugaba en el Barza y que parecía ser un fenómeno, similar a Diego, o no, ¿mejor que Diego?, un pibe que se llamaba Lionel y que batía todos los récords allá en España, pero era de Rosario, Argentina, y tomaba mate. 
Volvió la esperanza. Cuando debutó en el mundial de  Alemania 2006 Messi tenía 18 años. Y Argentina supo que había nacido otro fenómeno, una nueva estrella del fútbol, digna de la admiración de todos. 
Pero pasaron dieciocho años y la suerte, o el destino, no estaba del lado argentino. Sí, porque además de talento, esfuerzo, entrenamiento y voluntad, para ganar un mundial hace falta algo más. Por fin, en diciembre de 2022, las estrellas se alinearon: Argentina es hoy campeón. 
Si hay algo que nos representa, nos saca afuera el sentimiento patriótico a los argentinos es el fútbol, nos guste o no. Para un argentino, un partido no es un juego más. Es más bien una cuestión de vida o muerte. Es tu religión. Es tu patria. Y aunque suene un poco triste y hasta vergonzoso que unos muchachos corriendo atrás de una pelota despierten más admiración que San Martín cruzando los Andes o Belgrano creando la bandera que hoy enarbolamos, la verdad es que el fútbol es la patria de los argentinos. El lugar de reunión.  ¿Por qué? Porque las personas necesitamos héroes contemporáneos. Necesitamos líderes que nos den algún ejemplo, nos señalen un camino, nos hagan reír y llorar, en el aquí y ahora.
Estos chicos que se pusieron la camiseta argentina en Catar y la llevaron al cielo, se merecen todo mi respeto y admiración, y junto a la mía la de todos los argentinos. Por eso salimos a la calle a celebrar, donde quiera que haya argentinos, el triunfo se hizo notar. Desde las multitudes en el obelisco, una marea humana que había que ver para creer, hasta grupos pequeños en la Antártida, miles de personas en Bangladesh, ni hablar de las celebraciones en Catar y en el resto del mundo. Las redes sociales dieron prueba de la euforia mundialista que contagió a muchos otros que no son argentinos pero celebraron como uno más. Porque es cierto, la pasión del fútbol es contagiosa. 
En mi casa vimos los partidos con mejicanos, colombianos, venezolanos y americanos. Todos con la camiseta albiceleste puesta, todos sufriendo los vaivenes de cada partido, gritando hasta quedarnos sin voz. Porque el fútbol es así, un juego impredecible donde nada está dicho hasta que el referí toca el último silbato. Y se vive y se sufre desde el principio hasta el final con una emoción que hace vibrar al corazón. Te hace sentir viva. Lo aprendí de chica, cuando mi tío me llevaba envuelta en banderas celestes y blancas por las calles de Buenos Aires a saltar y bailar porque éramos, porque somos, los campeones del mundo.

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