DESDE MI VENTANA
Por Mercedes Moresco
El buen hábito de la lectura
Disfruté tanto de mis estudios universitarios que no recuerdo haberme estresado con exámenes finales ni con ensayos o debates, estaba haciendo lo que más me gustaba hacer: leer y escribir.
Cuando yo era chica, leer era una actividad que yo disfrutaba más que ninguna otra. En lugar de salir a jugar con mis hermanas, amigos o primos, muchas veces me apartaba para continuar leyendo esa novela que había interrumpido en algún momento apasionante. Mis amigas no me entendían e insistían para que continuara jugando, pero yo necesitaba terminar ese capítulo, uno solo más, ya voy con ustedes en cuanto termino.
Tanto me gustaba leer que cuando acabé el secundario encontré una carrera en la que iba a poder conocer la literatura de todos los tiempos y culturas: Letras.
Disfruté tanto de mis estudios universitarios que no recuerdo haberme estresado con exámenes finales ni con ensayos o debates, estaba haciendo lo que más me gustaba hacer: leer y escribir. Estudié griego y latín para poder leer a los clásicos, desde Horacio a Cicerón, a Homero y los Santos Evangelios. La literatura medieval española, el siglo de oro con Góngora y Quevedo, la italiana con Pirandello y Ungaretti, Goethe en Alemania y ya en Argentina los bien nuestros Borges y Cortázar, además del Martín Fierro y Lugones.
Después de recibirme empecé a trabajar en escuelas secundarias de la capital, adonde llevaba mi pasión por la literatura en talleres de escritura que lideraba con muy buena participación de mis jóvenes alumnos.
Al tiempo me casé y llegaron los primeros bebés. Cuando Camila lloraba le leía poemas de García Lorca, pero pronto me di cuenta que se calmaba mucho más con Manuelita la tortuga que con verde que te quiero verde, así que llené su biblioteca de cuanta literatura infantil caía en mis manos. También le contaba las hazañas de Odiseo frente al Cíclope y de cómo había conseguido escapar de sus garras haciéndole creer que se llamaba Nadie.
Fue recién cuando nos trasladamos a Estados Unidos, con Camila y Agustín aun muy pequeños y Nicolás en camino, que ellos empezaron a concurrir al colegio, y volvían con una tarea que les daba mucha pereza: leer veinte minutos antes de irse a dormir. Y me mostraban una hoja larga donde debía anotar el título del libro que habían leído con una promesa: el que acumulaba más libros en su lista ganaba una pizza para todo el grado, o una mención de honor, o premios aun mayores que ya no recuerdo.
Tengo que reconocer que me costó aceptar esa manera de fomentar con recompensas la lectura en los niños. Para mí ésta había sido siempre un premio en sí misma, una satisfacción tan grande que no podía existir mejor premio. Y así había pretendido siempre transmitírselo a mis hijos. Pero ahora la cosa cambiaba porque desde la escuela, otro ámbito de educación y cultura, la propuesta era diferente. Y yo me negué. Me negué a hacer de la lectura una obligación, una tarea de escuela, una lista donde el más premiado era quien más libros leía, no quien más los disfrutaba.
Por otra parte, para no pasarme de rebelde, entendía también que ésa era una manera de incentivar la lectura, y que en esta época tecnológica cualquier cosa que saque a los chicos de las pantallas es algo bueno, cuánto más si es un libro.
Así que con el tiempo llegué a otras conclusiones, no tan extremistas. El hábito de leer se crea solamente con la rutina, eso es cierto, pero no servirá de mucho si no ayudamos a los niños a descubrir el placer de la lectura, de un libro que nos atrape tanto, tanto, que no podamos dejar de leerlo, y saber que nunca es lo mismo que prender el televisor.
Abrir un libro es abrir un mundo que solo está entre nuestra imaginación y la de su autor. Ojalá todos y cada uno de los niños, jóvenes o adultos, encuentren una historia que no puedan dejar de leer, o mejor aun, ojalá que algún día, un libro los encuentre a ellos.

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