"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

LA DECADENCIA

Por todas partes, cualquier día y a cualquier hora, la civilización contemporánea puede ser testigo del estilo de vida que parece conspirar constante e inconscientemente contra aquellos que pretenden mantener sentadas las bases del decoro y el orden. Por ejemplo: contemplamos a ciertos políticos que se han desentendido de la habitual diplomacia para enmascarar sus ambiciones de poder y dinero, y ahora, actúan a pecho descubierto. También escuchamos extraordinarias expresiones en conciertos, recitales, radio, televisión y la Internet, de la música actual, la cual en muchos casos -por suerte no en todos- se ha convertido en un espectáculo absurdo, con líricas vulgares, si no deprimentes o de mal gusto. Por otro lado, vemos las modas y tendencias de algunos diseñadores pegadas en la retina de los fanáticos mediante la publicidad más prolija diseñada para persuadirlos, lindando sin pena con el ridículo, bordeando la desfachatez y el bochorno. 
Para continuar por esta línea, descubrimos que, en el ámbito religioso, muchos de los autoproclamados «entregados a la fe» pontifican como si fueran evangelios ciertos dogmas irracionales, muy lejos de lo que constituyen los rituales de sus ceremonias, a los que, supuestamente, tienen habituados a sus feligreses. 
En otra esfera, somos testigos de primera fila de la extrapolación que se ha hecho con el deporte y, es triste advertir que haya deportistas con un extraordinario talento en la disciplina que practican, que -quizás mal aconsejados o influenciados por un jugoso contrato- despotrican a diestra y siniestra risibles teorías y opiniones sobre temas de los que no tienen la más mínima de las ideas. 
Y no dejaré de lado las subastas: ¿Se han percatado de lo disparatadas que resultan algunas subastas que se llevan a cabo en la actualidad? Pinturas y esculturas de artistas de relativo renombre, provenientes de una época pasada llena de esplendor en las artes, comercializadas por personas que, en muchos casos, desconocen la historia que las envuelve; monedas antiguas atesoradas por algunos numismáticos de dudosa honestidad y linaje; filatélicos deshonestos que crean leyendas falsas sobre la emisión de algunos sellos. 
En esta línea también tenemos subastas de ropas usadas que formaron parte del vestuario de ciertas personalidades, fantoches o personajes -fallecidos o no-, y que han dejado su brillo en el camino, en algunos casos -pocos, por cierto-, piezas de vestuario en poder de coleccionistas de baja integridad y condición ética; y así, otros artilugios, comercializados por millones de dólares, satisfaciendo de esta manera el ego de vendedores y compradores en un mercado gris -por decirlo suavemente-, a veces incluso, semiclandestino, espoleado en ocasiones por la más trasnochada ambición, a despecho del hambre que sufren muchas personas, entre ellas niños, en diversos confines del globo. 
¿Hasta dónde nos van a llevar estos índices de decadencia a los que el paso de los días nos están obligando a presenciar? Se sabe que las sociedades llegan a un tope de desarrollo -la historia está llena de ejemplos destacados- y desde ahí, arguyen los historiadores, comienzan un descenso involuntario por niveles y categorías impensables; pero la decadencia a la que nos estamos enfrentando y refiriendo es incoherente en exceso de ejemplos, cuando no confusa e incomprensible. ¿Por qué?, se preguntan algunos. ¿Acaso no habíamos logrado la excelencia en una multitud de áreas de la más selecta civilización? ¿Será que se ha tornado evidente el socorrido juego de palabras que me llegó a la mente hace unos días, cuando buscaba información para escribir este artículo? Una frase pintoresca, dicho sea de paso, una especie de trabalenguas, pero no por ello menos veraz: «la saciedad de la suciedad en la sociedad»? Todo puede ser en medio de esta caterva de incomprensiones.
Los jóvenes no excusan a sus padres, abuelos y demás familiares mayores, de asumir determinadas actitudes, y viceversa. No nos entendemos del todo entre generaciones, ¿o sí? ¿Qué está pasando realmente?
Hay quienes apuntan a la dinámica natural de diversas fuentes que alimentan el desarrollo de la humanidad en la medida en que gira la Tierra alrededor del sol, es decir, al paso de los años, décadas, e incluso siglos. 
Todo esto comenzó, desde luego, después de que los primeros seres de la especie salieron de sus cuevas y descubrieron el fuego, producido al golpear dos pedernales o frotar dos ramas de madera. Después llegó la rueda y muchos siglos más tarde sus descendientes inventaron la máquina de vapor, la cámara fotográfica, el teléfono, la televisión, la computadora y el Internet, entre otros muchos adelantos. Dicha actividad en la escala evolutiva arrastró consigo a millones de personas próximas o alejadas del entorno en que fueron concebidas y puestas en práctica, pero dondequiera que se hallaran les llegaba la aureola mágica de las novedades atribuidas al curso del tiempo. 
Por esa vía los más jóvenes se zambullían con mayor profundidad en el mar de conocimientos que se abría ante sus ojos. Era tal y tanta la magnitud de primicias, inventos y descubrimientos que llegaban hasta ellos, que surgió entonces una predilección natural por lo hasta entonces desconocido y que ahora formaba parte de sus días. Constituía un pecado imperdonable no informarse ni preocuparse, no ponerle asunto a todo lo innovador y novedoso que llegaba hasta ellos, donde incluyo las variantes del idioma y los dialectos y ciertas deformaciones del argot. 
Así las cosas, se formaron grupos de entendimiento, clubes de todo tipo, asignaturas en universidades, entrenamientos a todos los niveles: La sociedad estaba en la obligación y el deber de prepararse para lo que se avecinaba en poco tiempo. Y llegó lo último de la tecnología y la ciencia, lo último del desenvolvimiento social: ¡Saber, conocer, no quedar a la zaga del ímpetu del desarrollo!
¿Qué pasó? ¿Se saturaron las neuronas de los pioneros en las ciencias, las artes, y demás proyecciones del género humano? ¿Fue demasiado el tropel de ilustraciones y sabidurías que llegaba a ellos a raudales procedente de todas partes? Y fue entonces que comenzaron a resbalar por la pendiente hasta caer por un acantilado, precipitándose a un vacío que parece no tener fondo. 
A esto, amigos lectores, se le ha dado en llamar «decadencia», y es nuestra obligación cavar trincheras consecuentes con el grado de civilización que hemos alcanzado, para defender lo que vaya quedando en esta marcha hacia el futuro, sin constituirnos en frenos del desarrollo, pero armándonos al mismo tiempo de toda la dignidad que podamos aglutinar para enfrentar lo que pudiera avecinarse en esta ruta al infinito. 
¡Cuento con ustedes!