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ENTRE COMILLAS

Por Ernesto Morales Alpizar

LOS SIMPATIZANTES

En nuestra sociedad hay una gran cantidad de segmentos poblacionales que se dividen de acuerdo con sus opiniones y puntos de vista; tanto en la política: como conservadores, liberales, independientes y otros grupos; como en la religión: entre cristianos, católicos, protestantes, judíos, bautistas, ateos y otros credos. También se incluyen en este análisis aquellos que militan en sectores ajenos a los anteriores, pero que por su importancia pueden constituirse en asociaciones a tener en cuenta, y éstos son los “fanáticos”.

Resulta vergonzoso que en la actualidad haya personas cuya ignorancia sea tan extrema, o quizás debido a su deficiente nivel de información, o tal vez posea una personalidad anodina y exhiba sin percatarse una falta de educación formal, les lleven a conjeturas tendenciosas, repetitivas, desplegadas por ciertos aprendices de líderes o dirigentes prejuiciados, y sobre todo, en exceso, ajenas a la realidad en que vivimos, y, por tanto, se conviertan en payasos de un circo inexistente y aplaudan como focas al personaje de su admiración.

Los fanáticos se derriten ante la presencia de un cantante o artista de moda, también ante el sujeto elegido por sus neuronas como la máxima representación de sus puntos de vista religiosos, políticos, sociales, deportivos, y otros de menor cuantía. Visten como ellos, hablan o actúan como ellos y, al final, su propia conciencia los sacará de apuros cuando pase el tiempo y adviertan que han cometido el error de imitar a cretinos con caretas de personas honestas y honradas.

Este es el fenómeno que está ocurriendo ahora mismo en la sociedad. La vulgaridad, la grosería e impertinencia de personajes chabacanos, se escurre por entre los telones de las buenas costumbres, la decencia y la corrección, aparentando lo que no son y enturbiando la buena marcha del medio ambiente natural por el que se desplaza la sociedad. 

El hecho de que una persona que hasta ahora había tenido un desempeño mediocre en cualquier disciplina deportiva, y de repente se transforme en un jugador extraordinario, no lo convierte en ícono de ninguna facción, ni mucho menos, debe sintetizar un ejemplo digno para los niños. Simplemente hace bien su trabajo por el que se le paga muy bien en cualquier deporte del que se trate y esto es suficiente para sentir admiración por ellos; pero… hasta ahí. De este punto en adelante sería una soberana bufonada seguir sus lineamientos de conducta -sean cuales sean- o formar parte de la audiencia que sigue sus parlamentos en tarimas improvisadas en medio de cualquier terreno o campo de juego, como si fuera un orador de primera línea. 

Así mismo sucede con muchos políticos. Creen que porque hay una caterva de sus admiradores que -no teniendo otra cosa que hacer- sigue sus pronunciamientos en cualquier mitin, consideran haber sido ungidos por la bendición de sus ideólogos, y por ende, cualquier disparate del que se les ocurra hablar convierte los escenarios en los que se presentan en templos de adoración para su rebaño. No es así. Son meros aficionados a la oratoria y desconocen los tinglados más exigentes de una audiencia sedienta de información y verdades de cualquier dimensión. Después de todo, son políticos.

Están también los fanáticos religiosos que les gusta adorar a sus orientadores en la fe y los vemos en cada templo, iglesia, sinagoga o mezquita, algunos hincados de rodillas, con los manos sobre el pecho y mirando al techo -que les oculta el cielo-, pidiendo lo mismo que pidieron el día anterior, pero que no recuerdan que no se les concedió su solicitud. No son tampoco capaces de sospechar, por supuesto, que la religión quizás sea un invento de unos cuantos personajes que, sin contar con la más mínima evidencia de los criterios que han querido desplegar e imponer a través de los siglos, se aferran a conceptos antediluvianos, atados a una espiritualidad innecesaria y, en algunos casos, absurda.

Para muchos, se trata de criterios trasnochados que han quedado rezagados en relación con los avances de la tecnología y la ciencia. Otros opinan que sus postulados son irracionales y sus historias carecen de veracidad -ya que nunca se han comprobado por ningún medio con visos de seriedad-, además de que sus filosofías están llenas de subjetividades y, en ningún caso, sujetas a los más estrictos valores noéticos.

No obstante, todos tenemos el supremo derecho de afiliarnos a los que nos place y es ilógico que alguien -no importa de quien se trate- enfrascado en un simple diálogo ocasional, rebata teorías por muy descabelladas que sean. En estos lineamientos está en juego el concepto de la libertad y la democracia, por consiguiente, es mejor que cada cual se adhiera a las ideas, filosofías y teorías que considere imprescindibles para conducir su vida y la de su familia por el mejor camino, y se olvide de discutir las de otros.

Claro está que detrás de todo este andamiaje se ocultan los abanderados de doctrinas dogmáticas que, en el mejor de los casos, son incapaces de conducirse civilizadamente en una plática inteligente con cualquier persona que refute sus ideas con argumentos comprobados. Pasan por alto el hecho de que todos tenemos los mismos derechos a poseer puntos de vistas diferentes a los llevados y traídos desde épocas remotas por ciertos credos, sin que haya una sola de sus tesis que contenga evidencias sustanciales que posibiliten el entendimiento más racional.   

Entrando en materias más profundas debemos aclarar que ninguna de estas teorías que sustentan los faranduleros, deportistas, políticos, religiosos, y otros sectores populares, han sido creadas para dañar al resto de la sociedad. Al contrario, la publicidad se encarga de ponernos al tanto de lo que acontece en el diario bregar de la humanidad en sus muchas fases, solo que hay personas que, por distintos motivos, toma estos criterios muy a pecho y hacen suyos los postulados más rígidos con respecto a la vida en común y hacen objeto de crítica los más nobles sentimientos de los demás. 

Desde mi óptica, lo mejor es dejarnos llevar por la prudencia en los diálogos con cualquiera de los personajes descritos anteriormente, respetarlos en grado sumo y allanar el camino para que se impongan las buenas costumbres de una sociedad que brega a diario por lo mejor para sus congéneres. Hasta entonces, que la discreción sea su arma preferida para lidiar con los avatares del destino. 

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Ernesto Morales

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