"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

Las otras pandemias

Se trata de momentos tan desmesuradamente críticos que tienen en jaque a toda nuestra generación hasta en los rincones más recónditos del planeta.

La humanidad está viviendo momentos dramáticos. Se trata de momentos tan desmesuradamente críticos que tienen en jaque a toda nuestra generación hasta en los rincones más recónditos del planeta. A diario enfrentamos situaciones extraordinarias que nos asombran amargamente y, de acuerdo con nuestro sentido común, por más que luchamos y seguimos orientaciones de las autoridades científicas y gubernamentales, por desgracia, aún la luz al final del túnel se ve incierta, borrosa, ininteligible.  
Estamos sobreviviendo bajo circunstancias extremas, muy a pesar de las indisciplinas e irresponsabilidades de algunos y de las orientaciones involuntariamente distorsionadas de otros; y por más que intentamos sacar la cabeza a flote en este mar ignoto de vicisitudes, seguimos sumergidos y aún no conseguimos proporcionarnos la paz mental que necesitamos para continuar la batalla hasta vencer este engendro diabólico llamado COVID-19. 
No obstante, debemos ser optimistas. Yo siempre lo he sido y les invito a reflexionar con positivismo. Quizás por eso estoy convencido de una cosa: saldremos adelante más temprano que tarde. Lo único que falta a mi predicción es decir «cuándo» terminará esta calamidad de proporciones descomunales. No dudo que sean los historiadores quienes reunirán toda la documentación necesaria que estamos apuntando ahora, para contarles a nuestros descendientes el triste destino que nos tocó vivir. 
Con su potencia infinita hasta el momento, el COVID-19 ha acabado con la vida de cientos de miles de personas y ha contagiado a otras tantas decenas de millones. La ciencia no ha descansado un solo instante en tratar de desentrañar y neutralizar la capacidad de infección letal de este microscópico patógeno que ha arrasado con todo a su paso: la vida de gran parte de la especie humana, la economía, las tradiciones de la sociedad, las costumbres familiares, la unión de los amigos, y un sinfín de otras rutinas y medios de vida a los que estábamos habituados.
Aun así, aquí estamos, peleando. 
Y como si fuera poca la reflexión que nos ha obligado a seguir los pasos del maldito coronavirus, resulta que ahora nos percatamos con más certeza que nunca que nuestro destino ha estado ligado indisolublemente -al menos en esencia- a otras pandemias no menos agresivas y devastadoras. Me refiero en concreto al uso indebido de armas de fuego en un sinfín de países alrededor del mundo. 
No es menos cierto que el porte de armas está protegido por la Segunda Enmienda de la Constitución aquí, en Estados Unidos, pero intento reseñar específicamente a la obtención y tenencia ilegal desmedida de ellas en todas partes y al empleo indiscriminado de los que, teniendo licencia para portarlas, abusan de ese privilegio a diestro y siniestro. El año pasado murieron -solo en Estados Unidos- 38,700 personas, como consecuencia directa de las armas de fuego. No existe un solo día en que las noticias que nos llegan a través de los distintos medios informativos no hable de tiroteos, asaltos, robos a mano armada, saqueos, disturbios, delincuencia juvenil de diversos matices e intensidad, suicidios, disparos accidentales, y otros episodios no menos espeluznantes.
Ahora examinemos otros incidentes que pueden reunir también los componentes de una verdadera pandemia: la violencia doméstica. Se trata de un drama que, incuestionablemente, muchas veces llega por diferentes vías al feminicidio. ¿Saben cuántas mujeres sufren de este tipo de abuso en la mayoría de -por no decir todos- los países del globo terráqueo? ¿Conoce usted por casualidad lo que ocurre en el injusto mercado de «la trata de esclavas sexuales»? Si usted revisa las estadísticas a diario se percatará de que es casi imposible llevar la cuenta de los casos. Donde menos usted se imagina se produjo, se está produciendo, o existen los factores idóneos para que se produzca un capítulo de este tenor. 
Y ya que hablamos de abusos y pandemias, ¿qué le parece comentar el abuso infantil? ¿No opina usted que podríamos añadirlo en el análisis? Al igual que la violencia doméstica, el abuso a la prole menor ocupa una inmensa cantidad de cintillos, titulares y artículos de fondo en radio, televisión, periódicos, revistas y redes sociales. Y duele muchísimo porque se trata de inocentes criaturas que caen envueltos en las redes de personas de confianza o de autoridad: léase familiares, amigos, vecinos, maestros, instructores, religiosos, etcétera. 
Ocupémonos ahora de otra especie de pandemia que ha estado junto a nosotros desde los albores de la humanidad. Me refiero concretamente a la discriminación de carácter social. Desde los tiempos inmemoriales los más numerosos, los más fuertes, los mejor armados, los más adelantados, han impuesto su voluntad sobre los más desamparados y vulnerables, esquilmándolos y humillándolos de diferentes maneras. Esta práctica dio pie al nacimiento de la discriminación: tanto por el color de su piel como es el caso del racismo, como por su lugar de origen o estatus migratorio, su género, tendencia religiosa, desconocimiento de la lengua, grado de ignorancia académica, tecnológica o científica, y otros factores de mayor o menor cuantía en la escala de valores social, pero que para ellos -los discriminadores- quizás constituyan una etiqueta de importancia vital. 
Así sucedió con los primeros esclavos surgidos en el paleolítico -7,000 años a.C.- como consecuencia de las batallas y conquistas entre Grecia y Roma, y el surgimiento del Imperio Bizantino y otros conglomerados humanos de la época, que veían como la cosa más natural del mundo esclavizar a los vencidos en las guerras, violar a sus mujeres y abusar de sus hijos. De ahí en adelante la historia se encargó de darles un lugar a cada uno hasta llegar a nosotros. 
En este deambular por las capas de civilización más representativas, le toca el turno a la religión: ¿a cuántos dioses adoran actualmente las personas en las diferentes regiones del mundo? ¿A cuántos dioses adoraron desde la prehistoria hasta nuestros días? Hablamos de miles. Entonces, una vez admitida esta evidencia: ¿por qué desdeñar, denigrar, o tan siquiera mirar por encima del hombro, a quienes observan otras creencias diferentes a las nuestras? ¿Por qué intentar disminuir a los que veneran otras imágenes y militan en otras cofradías religiosas, aun cuando estén descolocados de sus zonas de influencia?
¿Y qué me dicen de la política? ¿No es en sí una especie de pandemia que asola hasta los más puros sentimientos de semejanza entre prójimos y los distancia como adversarios… y en algunos casos como acérrimos enemigos? Desde luego, hay honrosas excepciones; pero no hablo de ellas, precisamente en este artículo. Hablo de los que nos acorralan y nos dejan constantemente un sabor amargo en la boca; hablo de los que nos acosan y nos hacen sentir sensiblemente frágiles a todo tipo de vituperio o agravio.
En cualquier caso, teniendo en cuenta las otras pandemias que nos han amenazado durante toda nuestra existencia, se me ocurre preguntarle: ¿se habrá vacunado usted contra ellas, me refiero a ésas que apabullan la buena marcha de la civilización contemporánea? 
Si es así, lo felicito. Por mi parte, ya yo lo hice.

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