ENTRE COMILLAS
Por Ernesto Morales Alpizar
LAS ESPECULACIONES
Cualquier especulación, por simple que sea, suele estar repleta de conjeturas y, en su mayoría, carecen de evidencias que las corroboren. Así, tenemos a diario, las especulaciones que se derivan de las posibilidades en el mercado de Wall Street y de ahí surgen las hipótesis respecto a cómo se ha de comportar la Bolsa de Valores. Unos ganarán y otros perderán. El mercado es así. Por supuesto, lo anterior se produce en el rubro de economía del que muchas personas están muy al tanto, pero en ningún caso dejan de ser teorías y suposiciones que nos llevan de la mano hacia una cábala imposible de descifrar con certeza.
Y no es un caso asilado lo que se produce en el mercado. También hay conjeturas en planos tan serios como la economía y son aquellos que, por determinadas características, son apoyadas por un sector de la población y desaprobadas por otros. Por tanto, entraré en temas quizás más escabrosos o recónditos, pero que considero apropiados para hacer valer la elucubración en planos altamente tenidos en cuenta. Y me refiero a las apariciones de santos y vírgenes en diversos siglos y regiones hasta un total aproximado de 2,500 visiones -según las últimas estadísticas-, de las cuales el Vaticano ha reconocido sólo 16 por el aquello de validarlas y de no perderse la oportunidad de captar y apoyar feligreses.
Tomemos por ejemplo estos casos:
La Virgen de Guadalupe, se le apareció al indígena San Juan Diego en el cerro del Tepeyac, cerca de Ciudad México, en diciembre de 1531.
La Virgen de la Caridad del Cobre supuestamente hizo su aparición en Cuba entre 1612 y 1613, flotando en la Bahía de Nipe y vista por dos hermanos indígenas y un niño negro.
La Virgen de Lourdes, se presentó en febrero de 1858 en la gruta Massabielle, cerca de Lourdes, Francia, y fue reportada por una joven de 14 años: Santa Bernardette Soubirous.
La Virgen de Fátima se dejó ver por primera vez el 13 de mayo de 1917 por tres pastorcitos: Lucía, Francisco y Jacinta en el barrio Cova da Iría, en Fátima, Portugal.
Un simple análisis sin demasiada profundidad puede destacar que, en cada caso, los supuestos testigos de tales apariciones fueron personas con poca instrucción o niños impresionables que, de alguna manera, pudieron haber sido manipulados por terceros para recitar un libreto conveniente a determinadas especulaciones. No existe una evidencia comprobable con la seriedad que merece cada evento, pero si hay infinidad de intereses por detrás de estos relatos.
¿Qué ha pasado con estos episodios? Pues bien, ya por la tradición quizás, o tal vez la necesidad de emocionar a las masas del área en casa episodio, las historias se han perfilado de tal modo que hay infinidad de personas que creen en ellas a pie juntillas, ciegamente. Claro está, todas ellas tienen una raíz religiosa en su trayectoria y esto permite que de alguna manera pueden estar influidas por dichas percepciones.
El tema es apasionado y no deja de estar presente en el diario acontecer de la existencia humana, por tanto y para continuar entraré en un terreno aún más escabroso: los “milagros”. Acaso no ha escuchado usted decir a un familiar, amigo, vecino, compañero de trabajo o escuela, que conoce de la existencia de un “milagro” acaecido a una persona de su círculo o medio ambiente. Pues claro que sí. Los milagros son populares entre las masas y se difunden con la prontitud del viento.
Note este ejemplo: Al intentar cruzar una calle de mucho tránsito un joven es tropellado por un auto. Alguien llama a una ambulancia y es llevado al centro hospitalario más cercano. ¿Acaso a nadie se le ocurrió llevarlo a una iglesia, templo, sinagoga, mezquita o cualquier otro centro o institución de culto? Por supuesto que no. El joven se salva por la atención profesional del hospital y días después anda por la calle, en tanto, a sus espaldas, surgen los comentarios de que “se salvó por un milagro”.
Algo parecido ocurre cuando una persona mayor, una mujer o un niño, contrae una enfermedad de carácter grave y es conducido de igual forma al centro médico más próximo. La familia se aglomera en el lugar y muchos elevan una plegaria al Santísimo o a cualquier otra imagen de otro credo -de acuerdo con la religión que profese-. Tras varios días, el paciente sale restablecido del lugar y, todos los que oraron por él, le agradecen al contacto espiritual que tuvieron con sus respectivos dioses y todos se muestran agradecidos.
Los anteriores sainetes se producen a diario en la sociedad actual y depende de muchos componentes que juegan un importante papel para la sanación del accidentado o el enfermo. Entonces, cada cual atribuye al factor de su preferencia el restablecimiento de las personas llevadas al centro adecuado. Es así. Sin embargo, muchas de ellas dirán haber tomado partido en la rehabilitación y convalecencia de la persona víctima de un accidente o enfermedad grave, y que, gracias a su intervención, se ha recuperado. Lamentablemente muy pocos le rinden pleitesía a la ciencia, representada por cirujanos, doctores, enfermeros y demás personal asistente, así como a los medicamentos y a los avances de la tecnología.
Y es que, además de estos ejemplos, es posible que estemos contaminados con los términos que nos inculcan a diario diversas instituciones y personas a las que, por encima de todo, respetamos. Así, no debemos extrañar las frases hechas: “Gracias al Señor”, “Dios Mediante”, “Ojalá que el Señor ponga su mano”, y, por esta vía, hay incontables términos que aducen que la salvación se debe a una mediación espiritual.
Debo aclarar que no estoy en contra de ninguna de estas posiciones. Cada cual cree en lo que estima conveniente y acato vivamente cualquier punto de vista, venga de donde venga. Siento y profeso un profundo respeto por esta actitud. Sólo que, en observancia de la misma línea, todos debemos mostrar consideración y respeto a las opiniones de los demás. No se trata en lo absoluto de una genuflexión en temas tan extensos y complicados, sino, simplemente, ser tolerantes con lo que no se ajusta a nuestras juicios sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Recordemos que nadie es dueño absoluto de la verdad. Solo así podemos sentarnos a conversar con cualquiera en cualquier lugar: restaurante, teatro, iglesia, templo, centro de culto, parque, cine, etcétera, y disfrutar de una charla amistosa y empática que nos deje con deseos de continuar en fechas futuras.
Y, subordinándome a estos patrones de conducta debo añadir, para complacer a “Tirios y Troyanos”, una frase hecha de gran calado que definió gran parte de la historia universal y esta es:
“¡Aquí paz y en el cielo gloria!”








