"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

LA PUBLICIDAD

¿Sientes que la avalancha de desinformación de algunos medios está obstruyendo tu capacidad de razonamiento? ¿Consideras inapropiado el bombardeo de publicidad que recibes constantemente por canales de televisión, estaciones de radio, periódicos, revistas, redes sociales y otros, como si formaran parte de una operación diseñada por manipuladores para confundirte? 
¡Puede que tengas razón! 
En ambos casos puedes estar siendo víctima de lo que algunos analistas llaman “bullying informativo”, que no es otra cosa que una estrategia de propaganda engañosa, diseñada para inclinar la opinión de la mayoría de los incautos, tanto a decisiones equivocadas respecto a la realidad en que viven, como a los puntos de vista convenientes solo a quienes las promueven para su beneficio.
La publicidad falaz se nutre de la combinación que forman la ignorancia de muchas personas sobre determinados temas, y del hambre de información que poseen debido a temores infundados que les han sido introducidos en sus mentes en grandes dosis respecto al futuro. También se alimenta de rumores esparcidos en el medio ambiente en que viven y a otros asuntos a los que les confieren relativa importancia, sustentados precisamente por la propaganda demagógica que consumen a través de los medios, sin percatarse a derechas de que están siendo sutilmente manipulados. Y vemos con recelo y tristeza como los jóvenes y personas en la tercera edad caen arrastrados con argumentos absurdos y supercherías por terrenos resbaladizos hacia los abismos de la inteligencia primaria.     
Yendo al grano, por ejemplo, los políticos en todos los países y épocas han elaborado sus estrategias de campaña aupadas siempre por el dinero de los donantes que, por alguna razón -muy pocas veces explicada, por cierto- simpatizan con su desempeño, pero a los que en algún momento futuro deberán rendir cuentas. Para esta simbiosis de intereses, tejen patrañas ligadas al beneficio común de ambos -donantes y candidatos- y, si en su frenesí publicitario han logrado congraciarse con una mayoría abrumadora, ésta quizás le devolverá la simpatía con su sufragio. 
Esto, sin contar con el miedo que introduce la publicidad en la mente de los postulantes opuestos a sus teorías, con las que arrastran a los simpatizantes menos informados. Al igual que la fábula del “Pastorcillo y las ovejas” repitiendo incesantemente la frase: “¡ahí viene el lobo, ahí viene el lobo!”, para procurar ejercer un dominio sobre los aldeanos del área que le creían la mentira y corrían a ayudarle, mientras el pastorcillo se reía de ellos. La moraleja posterior es que cuando realmente el lobo se acerca, todos están escarmentados por la burla de la que fueron objeto y nadie le hace caso al peligro envuelto en los gritos del pastorcillo… entonces el lobo se da un banquete de ovejas. 
Es el caso típico de las reacciones de las personas mediocres en ciertos círculos: vecindarios, instituciones, clubes, y otras filiaciones. Recordemos que el flagelo de la mediocridad no les permite nunca a muchos que militan en estos conglomerados actuar por iniciativa propia; siempre tienen que ser guiados y espoleados por terceros, como si estuvieran sentados en una hamaca de jardín y necesitaran el empujón que alguien les brinde por la espalda para ponerlos en movimiento, según los antojos y caprichos del momento. Toda una malacrianza de niños majaderos dados a la rabieta.
Todo esto se produce gracias al fenómeno implantado en la mente de las personas debido a la repetición, un fenómeno que ha sido estudiado por expertos, y que se resume en el concepto anglo llevado y traído por la mayoría y analizado por especialistas: “face recognition”; es decir, “reconocimiento facial”. Lo que se traduce con la siguiente explicación: Las personas que aparecen en televisión, cine, periódicos, revistas e Internet, de manera continua, así como aquellas que son escuchadas constantemente por la radio, logran un impacto en la psiquis de la audiencia o el público en general, a tal punto, que sus mentes transforman dicho impacto en empatía y, por tanto, simpatizarán con la persona objeto de las transmisiones. 
Lo anterior explica el por qué las donaciones de campaña -en el caso de los políticos- son tan importantes para los candidatos: “A más dinero, más posibilidad de anunciarse para acentuar el “reconocimiento facial” y, por ende, más probabilidades de ganar la elección para la que se postule”.
El ejemplo anterior también ilustra lo que se da en otros escenarios, como el de ciertas congregaciones religiosas: la excesiva publicidad milenaria que ha pontificado dogmas sobre la existencia de entidades fatuas, desprovistas de evidencias respecto a sus orígenes, despiertan la curiosidad de los menos orientados, instruidos e informados. La imaginación no tiene límites. Sin embargo, la realidad está muy lejos de tales suposiciones y empalagosas reproducciones. 
La ciencia y la tecnología, en sus vertiginosos y acertados desempeños han logrado desactivar los embustes de ridículas teorías manoseadas hasta el cansancio durante siglos. Como en la moraleja de otro cuento infantil: “el lobo siempre será malo si solo escuchamos a Caperucita”. Todas las personas tenemos el derecho de comparar teorías y resultados prácticos de manera que podamos llegar a nuestras propias conclusiones. No hay nada malo en eso, simplemente, cultivar nuestro intelecto para mejorar nuestra toma de decisiones al andar por la vida.  
La repetición ininterrumpida de consignas o lemas va calando en los cerebros donde hay un vacío existencial que no se ha cultivado adecuadamente, y estamos obligados a insertarle los conocimientos apropiados para enfrentar el asalto desproporcionado de que son objeto a diario en todas las esferas públicas. 
Lo anterior es similar a lo que se origina en la mente de los niños respecto a Santa Claus. Una carga de fantasías repetidas hasta el cansancio por padres y familiares, logran crear una imagen en las inocentes psiquis infantiles, que provoca que, a la postre, sean inducidos a escribir una “cartica” -pidiendo regalos-, con el argumento sugerido por sus padres de que se han portado bien y han sacado buenas notas -aunque no sea del todo cierto- y a que se acuesten temprano para no interrumpir la llegada de los personajes descritos con entusiasmo por sus progenitores.
En resumen, creer en lo que nos dicen terceros, sin evidencias comprobadas es un error, provenga de quien provenga y de donde provenga. Es entrar sin ningún tipo de precaución a un escenario distópico. Debemos cerciorarnos de todo antes de dar un paso, incluso antes de verter una opinión por simple que parezca. Un paso en falso puede hacernos caer, y una opinión salida de contexto por estar basada en informaciones no corroboradas puede conducirnos al ridículo, en el mejor de los casos. La vida es demasiado corta para confiar a ciegas en cualquiera que reitere hipótesis que nadie ha podido demostrar fehacientemente, por tanto, revise siempre lo que le digan, básese en su capacidad de análisis, sus experiencias y sus conocimientos, aprendidos al fragor del hecho de existir. 
Después de todo, “¡Buena suerte y feliz Navidad!”