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ENTRE COMILLAS

Por Ernesto Morales Alpizar

LOS ENGREIDOS

La petulancia es una forma de engreimiento que lleva a las personas a presumir de los atractivos que no posee. Su arrogancia los conduce por un camino totalmente equivocado y, ni aun cuando son objetos de la crítica más amable y seductora, son capaces de rectificar. El engreído es así porque su personalidad no le permite marchar en contra de sus propios argumentos, opiniones o puntos de vista, forjados en medio de la desinformación y la ignorancia, los cuales supone esenciales, y se siente obligado interiormente a exponerlos, aun a costa de ser reprochado. Se trata de una aberración mental sin límites, y lo más triste es que es casi incurable. Ellos podrían enarbolar una vergüenza moderada, expresándose con rectitud y decencia en reuniones con sus familiares o amigos y, poco a poco, ir quitando de su perfil ese incómodo distintivo con el que le conocen... ¡pero no lo hacen!

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Después de todo, la realidad es que no tienen el cien por ciento de la culpa. Sus padres, abuelos, hermanos mayores, tíos y hasta primos, han contribuido indirectamente a formar esa identidad censurable; halagándolos cuando no lo han merecido, intentando colocarle adjetivos de los que saben que carecen: como inteligentes, talentosos, amigables, buenos alumnos, y otra sarta de calificativos más que, lejos de ayudar a su formación, han distorsionado su modo de ver la vida y, sin proponérselo, los han convertido en insufribles vanidosos.

 

Como quiera que lo analicemos, la economía familiar también aporta a favor de la jactancia. Si el niño o niña tiene juguetes cada vez que se antoja, si el adolescente viste ropa de marca y es admirado por los demás amigos adolescentes y adultos del vecindario, inducidos por los familiares más cercanos, si el joven goza del automóvil de su preferencia, tengan por seguro que se convence a sí mismo de que le sobran motivos para ser pretencioso y altanero. 

 

El peor enemigo de la formación de un niño, púber, adolescente o joven es la posibilidad de obtener lo que quiere cada vez que lo quiere. Su familia inmediata, sin proponérselo, contribuye a formar las características del presumido al ser complaciente en su trato y obviando que los menores tienden a juzgar irreflexivamente las actitudes de aquellos que conviven con ellos y a quienes se supone que deban obediencia.

 

El engreído es el clásico insolente que mira por encima del hombro a los demás, sobre todo a los que considera inferiores, sin percatarse en su andar por la vida que es imprescindiblemente necesario que atiendan los consejos de los mayores con la misma intención con que les son dichos. No se concibe a un joven que, dicho sea de paso, aún tiene mucho por aprender, que esté reprendiendo a sus familiares inmediatos por nimiedades sin importancia en pos de sobreponer sus argumentos carentes de evidencia y que, en muchos casos, dan fe de su ignorancia. 

 

Los anteriormente descritos petulantes son lectores de un solo libro -por cierto, de fantasía- que en muchas páginas bordea la realidad, y tratan de insuflar sus patrañas sobrenaturales redactadas siglos atrás por adeptos a simbologías sin certidumbres o pruebas irrefutables. A éstos les encanta rodearse de fanáticos de sus ideas para vanagloriarse con lo que llaman “el don de su palabra”.

 

En todas las proyecciones sociales nos encontramos con este tipo de personajes que, en alardes constantes sobre sus supuestos atributos, ostentan perfiles muy alejados del bien social y se explayan con filosofías inaceptables para el ciudadano común de inteligencia promedio, pero que las exponen para no atragantarse con ellas.

 

Se consideran superiores al resto de sus congéneres por el simple hecho de escuchar los dictados de su mente que se lo sugiere, sin tomar en cuenta que su cerebro es virgen de la información legítima que valide lo que piensa. El engreído explora y milita en una multitud de disciplinas y, lo mismo los vemos en el área de la política que, en la farándula, el deporte, las corporaciones, las creencias y cultos de diversos orígenes y las religiones más increíblemente artificiosas.

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Entonces, ¿qué debemos pensar de la época que nos ha tocado vivir? ¿Será que las generaciones actuales, sin proponérselo, han dañado el medio ambiente a tal punto que los ignorantes repiten como papagayos aquel legado filosófico de Sócrates: “Solo sé que no sé nada? ¿O tal vez estén tratando de destacarse sin prepararse adecuadamente para ello?

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El ego de ciertos personajes les hace incurrir en errores garrafales de tal modo que la fatuidad los convierte en seres anormales, como si la impudicia hubiera nacido con ellos. Y no se asombre si le comento que el engreimiento lastima a ambos sexos. Hay un sinfín de muchachas jóvenes y mujeres adultas que se creen espectacularmente bellas o talentosas o, en cualquier caso, requeridas por un enjambre de talentos y atributos que la mayoría de ellas sabe que no posee.

 

Esta es otra fase de los engreídos: el egocentrismo. De algún modo se aferran a la idea de que son superinteligentes, capaces, hábiles, y otra sarta de epítetos absurdos que sólo gravitan en sus mentes atrofiadas por la conveniencia pasajera, pero que, a la larga, saben que se trata de atributos que no poseen y se atrincheran en criterios irracionales que deambulan por entre sus células grises como por entre un laberinto de espejos. 

 

Para mayor inri, es sabido que, en todos los vecindarios, instituciones, universidades, empresas y otras decenas de dependencias sociales, abunda en cierta medida este tipo de engreído que cree saberlo todo, ser capaz de todo y que mira a los demás con cierto matiz de descrédito. Mi consejo en casos como éstos es que no les tome en cuenta. La vida da muchas vueltas y quizás dentro de poco tiempo ellos mismos se percatarán del error que cometen con semejante actitud. No los tome en cuenta a la hora de valorar su juicio. Simplemente, conviva con ellos y déjelos pasar. La vida se encargará de pasarles la cuenta. Mientras, sea feliz y, en el peor de los casos, despreocúpese. Recuerde el consabido consejo: “Viva una vída a la vez”.

 
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Ernesto Morales

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