"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

La Nueva Normalidad

Quizás debamos aceptar como bueno este título, una extraña mezcla de resonancia y notoriedad.

No puedo calcular el tiempo que llevan los científicos, expertos, especialistas y personalidades de diversas áreas del saber humano, tratando de titular el protocolo de procedimiento que se abre ante nosotros. Ése no es mi fuerte. Simplemente me cabe imaginar que debe haber sido muy largo -y creo que aún lo es-, teniendo en cuenta la enorme crisis que le ha tocado vivir a la humanidad contemporánea. Un patógeno zoonótico imperceptible a simple vista que está diezmando la civilización actual. 
Lo más probable es que el nombre: «la nueva normalidad» haya surgido por generación espontánea. Se habla tanto del momento que se vislumbra en el cercano futuro que se le han otorgado múltiples posibles nombres. Ésta, «la nueva normalidad», ha sido la más llevada y traída por todos, incluyendo los medios. Por tanto, quizás debamos aceptar como bueno este título, una extraña mezcla de resonancia y notoriedad.
¿Y… en qué consiste «la nueva normalidad»?
Hasta ahora nos hemos saturado hasta la saciedad del modo de proceder que debemos asumir bajo los dictados del sentido común, ante esta contingencia inesperada llamada Covid-19, donde se reitera que cada uno de nosotros debemos lavarnos las manos cada vez que nos pase por la mente la idea. Un lavado de manos frecuente que tenga una duración mínima de veinte segundos, y que incluya restregar bien la palma, los dedos y el envés, y expurgando con minuciosidad las uñas.
Otra de las medidas más citadas es que en nuestras salidas a la calle al mercado, centros comerciales, las tiendas, el gimnasio, el parque, o cualquier otra excursión al exterior de la casa, debemos estar bajo la protección de las mascarillas -barbijos, nasobucos, tapabocas o cobertores sanitarios- para impedir que las partículas de coronavirus esparcidas después de que alguien tosa o estornude accidentalmente cerca de nosotros, puedan contagiarnos. Se recomienda también emplear sin pena alguna el distanciamiento social a dos metros o su equivalente occidental: seis pies o más entre personas, de modo que la respiración o la expulsión de partículas del virus al hablar puedan llegar hasta nosotros, ya que se ha dicho que no avanzan mucho por su peso específico en relación al aire que la transporta; evitar en lo posible los espacios cerrados y las reuniones entre amigos de más de diez personas, aunque éstos estén aparentemente saludables; sortear superficies que hayan podido ser tocadas o manipuladas antes por otras personas, a menos que estemos seguros de que se han higienizado convenientemente después. Es el caso de los surtidores de gasolina, los picaportes de puertas en mercados, tiendas y otros establecimientos de servicio al público, para lo que los más precavidos usan guantes de látex. Aun así, si acaso hubiéramos incurrido en un desliz, debemos evitar tocarnos la cara y es recomendable volver a lavarnos las manos o atomizarlas con productos sanitarios. 
Por suerte, la mayoría de las personas obedecen estas orientaciones. Se trata de la supervivencia natural de la especie. Sin embargo, cada vez que se habla de reapertura o desescalada, hay un sinfín de indisciplinados que desoyen incluso la voz de su propia conciencia y actúan irresponsablemente. ¿Resultado? Aumentan exponencialmente los casos de contagiados con el COVID-19, repletan los hospitales con los pacientes positivos al coronavirus, ocupan mayor proporción del promedio de espacios vacíos en los cementerios, agotan al personal dedicado a proteger nuestra salud y, de paso, generan una alarma en la población que coquetea con el estado de pánico. Estos son escenarios que hemos visto en la televisión, escuchado por la radio o leído en los periódicos o Internet. 
El recuerdo estadístico de la «Gripe Española» no deja lugar a dudas: los muertos se contaron por decenas de millones en solo dos años. A tenor de estas realidades que golpean constantemente nuestro subconsciente, es menester cumplir las órdenes y seguir las sugerencias de las autoridades, tanto de las sanitarias como las que provienen de funcionarios de alto nivel en cada estado, región o país, ya que debemos suponer que están probablemente mejor y más informados que nosotros. 
No obstante, aún hay personas que, sin ánimo de contradecir estas directrices, asumen actitudes rebeldes que difieren un tanto de los protocolos recomendados, alterando los contextos y lugares donde quizás nos encontremos por azar. Esto puede deberse a lo que algunos han denominado como «la fatiga del confinamiento». Este título -entre teatral y complejo- no es otra cosa que la saturación del claustro, el rompimiento de la rutina anterior a la pandemia -lo que sin titubeos, podríamos llamar: «la vieja normalidad»-, todo, sumado a la obstinación mental de sabernos prácticamente impotentes ante la crisis. 
En cualquier caso, he leído y escuchado que es recomendable entregarnos a compartir juegos de azar en familia o con las personas que residimos bajo el mismo techo, a estudiar cualquier materia que siempre nos llamó la atención, a zambullirnos de cabeza en el hobbie que durante mucho tiempo hemos querido practicar: leer, sacar crucigramas, jugar ajedrez en línea con amigos y colegas, y otros muchos entretenimientos que nos puedan sacar del atolladero que significa estar encerrados. 
¿Ha pensado por casualidad que hay quienes tienen muchísimas menos oportunidades que nosotros de disipar sus preocupaciones y han debido conformarse con su destino: viviendo en la más extrema pobreza y con idéntica amenaza de muerte por el COVID-19? ¿Ha pensado quizás que usted pudiera engrosar las estadísticas de los fallecidos solo por no someterse durante un corto tiempo a determinadas medidas de precaución, por su bien, el de su familia y la sociedad?
Desoír estos consejos puede conducirnos irreversiblemente a un escenario difícil de vencer, por tanto, es mejor que seamos pacientes y dejemos de lado nuestra arrogancia: el cementerio está repleto de indómitos ante lo evidente, los que -a través de los siglos- tal vez por azar o jactancia, pedantería, prepotencia, o ignorancia, se atrevieron a desafiar las circunstancias que les tocó vivir en el terreno; algo así como estar en el ruedo, sin capote ni espada, delante de un toro que no tiene la menor intención de portarse bien. 
No juzgue sus posibilidades por encima de la realidad. Sea modesto en sus proyecciones. Al tomar una actitud positiva puede servir de ejemplo a su familia, amigos y vecinos, y salvarlos de la tragedia. Sea consciente de su rol como ser humano. Recuerde que es mejor ser superviviente que estadística. 

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