"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

LAS TRAGEDIAS

Los niños en la frontera constituyen una tragedia de dimensiones incalculables. No menos lo son los tiroteos diarios que dejan sin vida a inocentes. También un drama de proporciones letales lo sigue siendo el Covid-19, que asola al planeta con su flagelo de muerte. ¿Y qué me dicen del cambio climático con sus posibles catastróficos resultados a corto, mediano y largo plazo? No puedo dejar de lado el feminicidio y la violencia doméstica que amenaza con convertirse en otra pandemia a nivel mundial. 
Entonces: ¿qué pasa? ¿por dónde empiezo entre esta maraña apocalíptica? ¿tendrán solución estos acuciantes problemas que nos vapulean día tras día? ¿Se había enfrentado la humanidad a tantas circunstancias desastrosas juntas en el pasado? Sin pretender establecer un orden de prioridad, empezaré por la más reciente: «los niños en la frontera». 
En los últimos meses están llegando niños que vienen solos hasta la frontera desde diferentes países centroamericanos -19,000 en marzo y otros 15,000 entre enero y febrero- y no se sabe a ciencia cierta cómo es que a esa edad tan tierna hayan decidido emigrar hacia Estados Unidos. Algunos dicen escapar de la delincuencia y el crimen organizado en sus lugares de origen, otros le atribuyen al hambre y la extrema pobreza sus ansias de huir de la tierra que los vio nacer. Las preguntas surgen por cientos, pero, desde mi óptica, las más alarmantes debieran ser: ¿Tienen sus padres conocimiento -tanto los que viven aquí como los que han quedado atrás en su terruño- de la incursión de sus retoños por territorios ignotos, a veces selváticos, repletos de peligros? ¿Será que los «coyotes» -como son conocidos los traficantes de indocumentados- les ofrecen garantías imposibles de cumplir, pero que a los ojos de las depauperadas y temerosas familias las ven como la única opción para salvar a sus hijos? 
Los niños proceden de países pobres, por supuesto, donde sus padres, o no tienen trabajo, o lo que ganan no es suficiente para mantener a una familia y, por tanto, para salvarlos de ese staitus quo deciden enviar a sus pequeños a una travesía arriesgada, y entonces surge otra pregunta: ¿de dónde sacan el dinero para pagar lo que cobran los mercaderes del tráfico de ilegales por integrar la expedición, en grupos o caravanas? ¿No les da miedo a los padres enviar a sus crías en manos de traficantes adultos que pueden abusar de ellos de múltiples maneras? ¿Habrá algo detrás de esto que ignoramos, o se genera espontáneamente? El drama no es como para tomarlo a la ligera. 
La próxima tragedia que se me ocurre comentar es la de los tiroteos a diestro y siniestro, a diario y en escuelas, teatros, cines, conciertos al aire libre, manifestaciones civiles y otros lugares; que muestran cifras de muertos y heridos muy distantes del más elemental sentido común: más de 150 episodios en lo que va de año. Hay quienes opinan que hay demasiadas armas en la calle: 380 millones, según cálculos estadísticos conservadores, mucho más que los 330 millones de habitantes en Estados Unidos. Otros consideran que parte de la culpa son las llamadas «armas fantasmas» -cuyas piezas se compran en Internet, carecen de números de serie y se arman en la casa, o las que se imprimen en 3D, que tampoco se controlan debidamente-. ¿Será que no se están llevando a cabo los registros correspondientes, o quizás los chequeos sean en exceso deficientes? Estos deben consistir en una revisión de antecedentes penales, certificados médicos que indiquen la sanidad mental del solicitante, además de otros requisitos que exigen las leyes y, como es natural, la prudencia. 
¿Estaremos, sin percatarnos, violando los preceptos de la Segunda Enmienda, que entre otras interpretaciones protege el derecho a defendernos? ¿Hasta cuándo continuará esta pugna de intereses mientras siguen muriendo inocentes? ¿Será que se debe legislar una salida airosa que, por un lado, impida abolir el derecho al porte de armas concebido y legislado en 1791 -cuando los arcabuces y mosquetes disparaban un solo tiro; hoy la AR-15 dispara hasta 30 balas en menos de 10 segundos-; y por otro, restrinja la adquisición de armas sofisticadas y otros artículos contenidos bajo el concepto de «defender nuestra propiedad», a personas probadamente incompetentes, con cuya restricción pudieran evitarse tragedias de incalculables consecuencias? 
Para continuar transitando por estas calamidades que nos fustigan a cada instante desde todos los ángulos, no podíamos dejar de mencionar la actual tragedia que representa el Covid-19. Y es que ahora la batalla en este frente pandémico está dada por la idea de crear un «pasaporte de vacunación». Los que lo defienden arguyen la necesidad de sentirse confiados cuando viajan, asisten a teatros, restaurantes, discotecas y otros lugares de concurrencia pública; y los que están en contra argumentan que imponer un documento como ese sería equivalente a inmiscuirse en la vida de las personas, y, por tanto, una flagrante violación de la privacidad más elemental. 
Todo lo anterior se produce en un denodado intento por conjugar opiniones de científicos, económicos y políticos, a la par de mantener en la dirección correcta la marcha de la administración de vacunas, además del sagrado cumplimiento de protocolos vinculados a la pandemia.
¿Y qué podemos añadir respecto al cambio climático que no se haya ventilado ya por diferentes organizaciones e instituciones defensoras de una política consecuente? ¿Y qué opinan los que no creen en que los cambios obedezcan a la conducta humana, sino al normal comportamiento de la Madre Natura? Estamos sufriendo sequías, huracanes, nevadas, deshielos, tormentas imprevistas, terremotos, inundaciones y otras inclemencias del tiempo de una manera desproporcionada. Nunca se habían visto tantas adversidades atribuidas a la naturaleza, o, al menos, no con tanta frecuencia y ferocidad. ¿Qué debemos hacer para detener este torrente de tragedias que extingue especies en diversas regiones y obliga a los habitantes de algunas zonas a mudarse de su entorno habitual, algo que, para infortunio de todos, no parece tener fin?  
Finalmente, lo que sucede con las mujeres en todos los confines merece un capítulo aparte. El feminicidio ha estallado de una manera espantosa. Hay razones que tal vez puedan explicarlo, sin que por ello se interprete como un asentimiento. Solo quiero hacer énfasis en pormenores que, a pesar de que en ciertas aplicaciones se puedan describir como irrelevantes, en realidad no lo son. Las mujeres siempre han sufrido lo que algunos califican de estigma propio de su género: sexo débil, le han denominado. Por esta razón, es posible que, a pesar de la Carta de Derechos Humanos donde hay capítulos que las defienden, aún ganan menos que los hombres por igual trabajo en todas los rincones del orbe, incluyendo Estados Unidos. 
En muchos países a las mujeres se les asignan los empleos menos calificados -quizás, e inconscientemente, como una forma de perpetuar su destino: camareras, domésticas, asistentes de hotel, recepcionistas y otros- y son menos tenidas en cuenta desde la profundidad del hogar hasta el seno de instituciones laicas y religiosas: muchas monjas de la fe católica son un buen ejemplo de esto último: sirven como asistentes de los curas y auxiliares o domésticas en las parroquias y otras dependencias, además de que no pueden contraer matrimonio o ejercer como sacerdotisas. En la lucha entre los sexos, las mujeres siempre salen perdiendo. En muchos lugares ―por no decir en todas partes― son estigmatizadas, torturadas, ofendidas, insultadas, y, asesinadas. 
Sin embargo, como contrapartida, la sociedad se nutre de ellas: son las que se embarazan y siembran las calles de seres humanos; son las que lo dan todo por sus hijos y familia, y son incapaces de hacer el daño que algunas publicaciones amarillistas les atribuyen, aunque, por supuesto, hay excepciones. Aun así, note un par de detalles: no existen mujeres asesinas en serie y cuando su pareja las abandona y quedan al cuidado de sus hijos, reciben entonces el apelativo de «madres solteras». Por otro lado, es curioso que existan poquísimos «padres solteros», ¿no cree?
Podríamos seguir hablando de otras tragedias: drogas, delincuencia juvenil, violencia de género y de mafias, políticos corruptos, problemas raciales, y muchos conflictos más, pero… ¡baste por hoy!