"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

Confiar a ciegas en lo que nos dicen o prometen es de ingenuos.

Las Lecciones 
y la Desinformación

Una de las mayores alegrías para los niños se produce al asistir, primero a la guardería y después a la escuela. Allí se encuentra con sus amiguitos recién conocidos, recibe el pan de la educación y aprende modales de comportamiento en sociedad, además de los que cultivan en sus hogares bajo la dirección de sus padres. La escuela para ellos es como un templo donde podrán asimilar los beneficios del estudio concienzudo y dominar las lecciones que a diario le imparten los maestros y profesores de las distintas materias. 
En los planteles escolares los niños pueden comprobar la naturaleza humana de sus iguales: aprenderán, por supuesto, a diferenciar entre lo bueno y lo malo -aunque con matices en algunos casos- y sus mentes empezarán a dibujarse un croquis de lo que con el paso de los años puede depararles el destino. 
En esa tierna edad escuchan hablar de Santa Claus o los Reyes Magos y -según su origen y el lugar donde residen- su imaginación vuela hasta lo más recóndito de sus posibilidades. «¿Se imaginan sus sueños despiertos en brazos de la fantasía?» Es gratificante y alentador contemplarlos en ese éxtasis infantil. Su instinto les orienta a guardar celosamente lo aprendido en la escuela, y a creer a pie juntillas las anécdotas mágicas de los Reyes llegados en camello, o de Santa Claus entrando por la chimenea tras haber volado en un trineo repartiendo juguetes. Todo esto, claro está, «si se portan bien y son estudiosos», según la versión que le aportan sus padres a la fantasía. 
Pero, como todo en esta vida, llega el día en que papá y mamá tendrán que confesarles que tal magia no existe y que son ellos los que se escondían detrás de ella para llenar de alegría sus más impresionables años. Ya algún que otro amiguito se los había comentado, y es ahí precisamente donde los niños, asomando a la pubertad, sufren la primera frustración: «¡Fueron engañados!» Una mentira piadosa, es cierto, pero una mentira, después de todo. «¿Por qué?», se preguntan algunos. Se trata de la primera desinformación que sufren los pequeños, y esta procede de mano de las personas que más quieren, de las que menos imaginaban: sus padres. 
Quizás esta dulce historia que ha sucedido en todos los hogares sea fruto de la preparación que deben asimilar los seres humanos en sus primeros años, una especie de entrenamiento para lo que les espera en el futuro. «¿Quién mejor que sus padres para sacarlos de la fantasía y conducirlos al mundo real?
En algún momento de sus vidas las personas que viven en cualquier tipo de sociedad podrían ser víctimas de diversos tipos de desinformación: políticas, religiosas, institucionales, etcétera, a lo largo de su existencia. Los ejemplos más sonados tienen vínculos con las guerras. 
El 30 de abril de 1943 un pescador halla el cuerpo de un ahogado con un maletín atado a su cintura, cerca del puerto de Huelva, en Andalucía, España. Su identidad era la del mayor William Martin, oficial de la Marina Británica y mensajero entre Londres y los Aliados en Argel. Le encontraron cartas, fotos y otros papeles, que daban fe sin lugar a duda, de su procedencia y filiación, entre ellos: documentos clasificados y planes de los Aliados del Norte de África para invadir Grecia. 
En realidad, su nombre no era Martin y sus documentos eran falsos. Se trataba de un montaje del Servicio de Inteligencia Británico ordenado por Winston Churchill. Habían transportado en un submarino hasta las costas españolas el cuerpo de un británico desamparado que había muerto días antes. España era neutral en la guerra contra Adolfo Hitler, y los ingleses suponían que los españoles le harían llegar el maletín a sus homólogos alemanes… ¡y así fue! Se trató de una obra maestra de la contrainteligencia. La desinformación tuvo éxito: los alemanes sacaron 90 mil soldados de Sicilia y los llevaron a Grecia para esperar el supuesto ataque que nunca, se realizó, por supuesto
En junio, los aliados desembarcaron en Sicilia con anfibios y así comenzó el fin de la guerra. «El hombre que nunca existió» descrito en esta historia sirvió de título a una película muy taquillera y aclamada por la crítica. 
Indudablemente que, con este episodio, el mundo aprendió la lección y desde entonces resulta más difícil para los gobiernos, opositores y líderes de todas las vertientes, desviar la atención de la realidad. Todos se ciñen a las evidencias en una dirección u otra, de modo que se hace casi imposible diseñar una estrategia.
No obstante, el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, ante la testarudez de los soviéticos rusos en relación con la firma de un tratado de desarme nuclear -que Occidente y el mundo civilizado pedían a gritos- anunció el 23 de marzo de 1983 lo que denominó como «Sistema Estratégico de Defensa», rebautizado por la prensa como «La Guerra de las Galaxias», en alusión a la película del mismo nombre.
Con su alocución el presidente norteamericano dio a entender que Estados Unidos tenía la capacidad tecnológica de crear un escudo de características antinucleares con el que podía proteger al país de cualquier ataque externo de este tenor. Falso. Era un farol. El grupo de ingenieros de primera línea dedicados a desarrollar tales proyectos aún no había concebido una idea similar. Reagan simplemente había aprovechado sus dotes de oratoria y actuación al revelar como un altísimo secreto una información de la que dijo, nadie tenía conocimiento, mucho menos, por supuesto, los posibles espías rusos o de cualquier otra nacionalidad infiltrados en el territorio continental norteamericano. 
Los soviéticos se tragaron la historia y cayeron en la trampa del discurso del primer mandatario. Entonces, aceptaron a regañadientes que la URSS no podía vencer la velocidad norteamericana en la carrera armamentista debido a su atraso tecnológico y a otros pormenores de relativa importancia. Dicha conclusión, unida al criterio realista de que en un tipo de enfrentamiento atómico todos perderían, los llevaron a la firma del «Pacto de NO Proliferación Nuclear», al cual hasta entonces se habían resistido. Hay muchos analistas y expertos en política exterior que han apuntado que parte de la caída del bloque comunista se debe a la magistral jugada de Ronald Reagan.
Con estos y otros episodios que sería demasiado extenso de relatar se cumple uno de los dictados del general, estratega militar, filósofo y escritor chino, Sun Tzu (siglo V a.C.), contados en su obra más renombrada: «El Arte de la Guerra», donde infiere que el supremo arte de vencer en los conflictos radica en el empleo de la desinformación, es decir, engañar al enemigo de tal forma que no haya riesgo para someterlo, además, sin tener que luchar en el campo de batalla y con un mínimo de bajas, si las hubiera. 
Hay decenas de ejemplos más que adornan la historia de la desinformación en el campo del espionaje y otros escenarios, pero, la gran lección que hemos aprendido todos es que -como los niños en la escuela, hipnotizados por la ilusión de Santa Claus y los Reyes Magos- no todo siempre es como nos lo presentan y debemos investigar a fondo, buscar evidencias y reunir pruebas que no dejen espacio para la duda.
Confiar a ciegas en lo que nos dicen o prometen es de ingenuos. Siempre hay que investigar a fondo, venga de quien venga y de donde venga. 

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