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ENTRE COMILLAS

Por Ernesto Morales Alpizar

LA LUCHA DE CONTRARIOS

Hasta donde nos llega la memoria de algunas lecturas académicas llevadas a cabo en el pasado, hace alrededor de 45,000 años los Neandertales y los Homo Sapiens lucharon a brazo partido por prevalecer sobre la Tierra en Eurasia. Y mientras, por determinadas razones, a los primeros no se les hacía fácil adaptarse al frío, los segundos abrieron los ojos a la tecnicidad y se refugiaron en cuevas y otras defensas naturales. Esta batalla contra la naturaleza que les imponía el cambio climático llevó, entre otras cosas, a la extinción casi total de los Neandertales. De acuerdo con algunos expertos, la mayoría de las personas no africanas de hoy en día conservan entre un 1% y un 2% de ADN debido al cruce ocurrido hace decenas de siglos.

Estos conflictos acaecidos en el entorno -mirados a la distancia de los años transcurridos- dieron origen con el paso del tiempo a otras formas de luchas intestinas entre los seres humanos. Así se forjaron los principios de la unidad y la “lucha de contrarios”, esgrimidas por algunos filósofos de la época desde entonces y que gravitan en las mentes de algunos hasta nuestros días, en un intento por adecentar sus puntos de vista e influir en nuestros razonamientos. 

En este corcel social cabalgaron los archiconocidos Carlos Marx y Federico Engels con sus intentos de sembrar sus sutiles doctrinas disfrazadas de socialismo colectivista y acuñadas con sus lemas de “pobres contra ricos” -la cacareada “lucha de clases” entre “burguesía y proletariado”- y entonces, teóricamente, lo que para algunos debiera ser el motor de la historia, para otros constituye una filosofía absurda expuesta con ciertos artificios rimbombantes, los cuales de cuando en vez asoman la cabeza por ahí en gargantas inexpertas, sedientas de destacarse en la escala social.  

 

Arguyendo ciertas opiniones inconclusas y carentes de un meollo más convincente, el materialismo dialéctico afirma que todo contiene fuerzas internas opuestas y a la vez conectadas, que pugnan por liderar la batalla entre “lo viejo y lo nuevo”, admitiendo a la vez que este enfrentamiento es la fuente básica del desarrollo de la sociedad. El tema es profundo y complicado, pero, aun así, le aconsejaría a usted amigo lector, continuar la lectura porque estoy seguro de que encontrará disyuntivas que valen la pena desmenuzar para poderlas entender a plenitud. 

 

Tomemos por ejemplo el racismo de algunos grupos: ¿Será que existen mentes incapaces de reconocer que todos somos seres humanos con derechos a proteger nuestros orígenes y cultura contra viento y marea? ¿Y qué se puede decir de los segmentos poblacionales con estilos de vida diferentes a los nuestros, pero que, sin embargo, se trata de personas educadas y decentes que lo único que pretenden es que se le reconozcan sus criterios de proyección y en ocasiones de género, por muy audaces que pudieran ser? 

 

Tenemos también los casos de los ortodoxos versus los heréticos; o más popularmente expresado: “creyentes contra ateos y viceversa”. Expliquémoslo así: La religión tiene todo el derecho a predicar y pontificar sus puntos de vista; pero también lo tienen quienes no creen un ápice de lo que aquellos preconizan y tachan dichas enseñanzas como discernimientos fuera de contexto, sumamente anticuados. A simple vista parece un tema ambiguo, pero no lo es. Decenas de religiosos han desertado de sus primeras devociones y han creado las suyas propias. 

 

Entre ellos podemos citar a Martín Lutero en la Alemania de 1517 con su reforma protestante, al crear la Congregación Luterana. También los pastores ingleses John Smyth y Thomas Helwys, de Amsterdam, Países Bajos, que exaltaron sus creencias sobre el bautismo en 1609 y dieron origen a los hoy conocidos como “Bautistas”. Y qué me dicen de “Los Testigos de Jehová”, grupo fundado bajo el título de “La Atalaya”, por Charles Taze Russell en 1870 en Pittsburgh, Pensilvania, y que, en 1931 Joseph F. Rutherford, arguyendo razones de carácter más auténticos, según su criterio, le cambió el nombre a “Testigos de Jehová”. Y así, como estos ejemplos, en la actualidad hay más de 4,000 credos distintos a nivel mundial, donde personajes de cierto relieve han creado su propia filosofía religiosa y han tenido relativo éxito en sus propósitos. 

 

Pero hay que distinguir algo: Los contrarios no solo pelean, sino que coexisten y se reconocen entre sí dentro de un mismo designio. Y ahí radica precisamente la discusión interna y constante, donde una fuerza intenta prevalecer sobre la otra, llevando a una agudización del debate. Según algunos especialistas en la materia, la finalidad de todo ello es destacar el salto cultural, superando lo que describen como “la vieja contradicción”, que es lo que opinan que lleva a impulsar el progreso.

 

Entonces ahí los tenemos en todos los países, fundando partidos políticos o sumándose a los ya existentes, instituyendo lemas de campaña para captar adeptos y así, un sinfín de estrategias que tienen por fin prevalecer en la etapa social que les tocó vivir. 

 

Por esta vía nos encontramos con el poder del dinero. Y es que la finalidad de muchos al integrarse a determinadas congregaciones políticas o religiosas no es otra que arrimarse a los posibles beneficios que podrían redituarles algún dinero extra, aunque no crean en lo absoluto en las opiniones de los demás y, en algunos casos, ni en las suyas propias. Saben que mentir sin freno, alterando el sentido común de sus adláteres, les conducirá inexorablemente a la victoria en cualquier tipo de elección que deban enfrentar en su región. No les interesa en lo más mínimo lo que pueda beneficiar o perjudicar a estos o aquellos. Lo importante es que sus puntos de vista prevalezcan y, sobre todo, que les produzcan los montos de dinero para los cuales se ha programado. Como dijera el canciller prusiano y artífice de la unificación alemana, Otto von Bismarck: "la política es el arte de lo posible". 

 

Y ya que hemos llegado hasta aquí, ahora sería inmejorable hacer un análisis exhaustivo de las tendencias que están rigiendo en el mundo moderno y, sin tomar partido de inmediato, comprobar una y otra vez quienes mienten y quienes no. Y entonces, sólo entonces, enfrentarse al futuro con dedicación y apoyar a los que su sentido común palpitando entre sus parietales les inspire a respetar.  

 
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Ernesto Morales

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