"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

LA ADOLESCENCIA

¿Por qué algunos jóvenes, por ignorancia, imprudencia o falta de buenos consejos, se dejan zaherir por los soplos de viento del momento y resbalan por la cuesta de la civilización, llegando, sin darse cuenta, a coquetear con el salvajismo social más delirante?
La pubertad y la adolescencia son edades complicadas. En ambos sexos se producen cambios hormonales y psicológicos significativos que les provocan una búsqueda incesante de sí mismos, en un afán incontrolable de encontrar la personalidad que los habrá de definir en el futuro. Sin embargo, no todo es responsabilidad del organismo de los muchachos, también existen influencias medioambientales: los amigos, condiscípulos, maestros, compañeros de trabajo, vecinos, familiares, y, otro factor importante es la desatención de sus padres, muchas veces involuntaria, debido a las múltiples ocupaciones que deben enfrentar para mantener el statu quo del hogar, y otras situaciones que van modificando paulatinamente el carácter del púber o adolescente. 
La pubertad es la primera fase de la adolescencia y, es bien sabido que el término «adolescencia» es sinónimo de «carencia», es decir, una edad en que los muchachos carecen, les falta la experiencia necesaria para enfrentar los avatares del destino. El paso del tiempo les irá brindando esas lecciones, pero, en esa etapa, aún no las han recibido.
Es lamentable que algunos muchachos, debido a su corta edad, inconscientemente, intenten definir su posición por vías absurdas dentro del espectro social -abuso de sustancias: drogas, opioides, alcohol, delincuencia, desafío a las leyes y a la autoridad, así como otras vivencias al margen de la civilidad- desconociendo que lo único que en todo caso logran es crear una aureola de desprestigio respecto a su franja etaria. Y lo comento porque todos los días aparecen sucesos en las noticias que hacen que nuestra mente se rebose de sentimientos encontrados: unos de lástima, otros de frustración, y algunos de pena o rubor. 
Los ejemplos sobran: niños que amenazan con pistolas a otros estudiantes o maestros; envíos de mensajes inquietantes en las redes sociales respecto a la conducta que asumirían en determinadas situaciones; escritos provocadores y muy peligrosos sobre la posibilidad de detonar explosivos en instituciones educativas y otras dependencias, y, por esta línea, un sinfín de retos que solo tienen cabida en mentes fuera de control, atosigadas por algún tipo de angustia que nada más que ellos sufren por su inexperiencia en las lides de la vida.
Rebusqué en mi mente y recordé una novela que leí hace años, de la que después hicieron una película y más tarde ha sido traída de nuevo al centro de la escena social. Me refiero a “El Señor de las Moscas”, obra cumbre de William Golding, de mediados del 50, que relata la historia de una treintena de escolares, entre niños, púberes y adolescentes, que viajaban en un avión que se avería en pleno vuelo y, al desplomarse a tierra, perece la tripulación y los chicos quedan abandonados a su suerte en una isla remota.
Los primeros días los muchachos sufren la agonía de la tragedia, luego, en medio de la oscuridad de las noches, los más pequeños sienten miedo de bestias existentes solo en su imaginación. En este contexto los muchachos deberán proveerse la supervivencia, y es aquí donde, entre todos, dan caza a un cerdo y lo ultiman con gajos afilados que habían desprendido de los árboles. Después, frotan ramas secas y con la ayuda de los gruesos lentes de uno de ellos que era miope -los posicionaban para captar los rayos de sol y producir calor-, obtienen el fuego que les permitirá asar el cerdo para comerlo. 
Tras disfrutar de su carne, se deshacen de los huesos y clavan una estaca en el terreno de un claro del bosque y colocan la cabeza en la punta de ella para, presuntamente, ahuyentar a las bestias vistas por los chicos. Con el transcurso de las horas, los insectos comienzan a revolotear el cráneo del animal, lo que da paso a que unos especularan sobre la fantasía que supone el dios del bosque, al que bautizan como “El Señor de las Moscas”. Algunos muchachos comienzan a creer en él a pie juntillas, dejando volar su imaginación, en tanto otros, más en contacto con la realidad que enfrentan, no creen en lo absoluto. Este pasaje, entre otras cosas, simboliza de cierta manera el debate de las religiones en el mundo a través de la lupa del contexto actual.
La mencionada ambivalencia da pie a que las actitudes de ambos grupos desciendan por la pendiente de sus personalidades y alcancen los límites de la violencia, de modo que su incipiente sociedad infantil se ve amenazada por los eventos que la sacuden. Este escenario los conduce inexorablemente a trasponer la invisible línea entre una comunidad circunspecta que pudo ser pacífica y otra patinando vertiginosamente por la pendiente del más pueril salvajismo.
Retrotrayendo las definiciones, vemos que, en la actualidad, los jóvenes de los períodos desplegadas aquí se han dejado arrastrar por diversas motivaciones generacionales y se convierten en personajes inadaptados, irrespetuosos, maleducados, y cuantos otros adjetivos peyorativos se le ocurra al lector. El aspecto más negativo es que, sin percibirlo, están poniendo contra la pared a sus propias familias, a las de sus amigos y condiscípulos, y a todos los habitantes de los vecindarios que los rodean, donde tienen lugar sus tropelías.
¿Cuándo debemos suponer que los jóvenes depondrán sus actitudes hostiles, superando esas etapas?
Se me ocurre pensar que, para ello, los adultos debemos añadir mucha más atención en lo que acontece a nuestro alrededor. Quizás los muchachos no tengan toda la culpa. Por alguna razón más allá de nuestro entendimiento, somos testigos con relativa vergüenza de como el niño que hemos visto desde pequeño en nuestra familia, en nuestro barrio, o en el parque jugando con nuestros hijos, ha crecido y se ha convertido en uno de estos rebeldes sin causa, disconformes e incompatibles con la lógica cívica que debe reinar en nuestro entorno. 
Estos adolescentes deformados han sido el blanco de los mensajes -probablemente involuntarios- promocionados por el cine, la televisión y las redes sociales, cuando proyectan héroes urbanos con perfiles independientes y matices absurdos que flotan en algunos planteles escolares. Esta situación llega a tal punto en ciertos casos, que los muchachos, sin percatarse a derechas, comienzan a desoír la autoridad de los mayores de su familia, de los docentes y de los líderes de organizaciones que intentan velar por el bien de su desarrollo en el entorno social.
Al final, son niños grandes que no han podido conciliar los consejos de sus padres o maestros, con la dinámica de la sociedad actual. ¿Hasta cuándo? Nadie podría predecirlo. Por el momento, soy de la opinión que debemos emplearnos a fondo en esta cuestión. Buscar las motivaciones que los mueven y neutralizarlas, utilizando para ello todas las vías y recursos posibles. No debemos descansar hasta que la comunidad tome conciencia plena de que los niños, púberes y adolescentes de hoy, son la esperanza de la sociedad futura, la que -gústenos o no- regirá los destinos del mañana.