ENTRE COMILLAS
Por Ernesto Morales Alpizar
LOS EGOCÉNTRICOS
Los egocéntricos pululan en la sociedad actual. Los encontramos por doquier y no es en lo absoluto beneficioso para nadie en particular, ni siquiera para ellos, transitar por la vida llenos de limitaciones producto de una conducta desorientada con respecto al entorno en el que subsisten.
Recordemos que estamos hablando de personas llenas de complejos de superioridad, las que, sin comprenderlo a derechas, dañan la proyección de su propia existencia. Son engreídos, alardosos, y tal vez hasta tontos y caprichosos, que creen que el mundo gira a su alrededor. A fin de cuentas, lo verdaderamente triste es que muchos viven quizás en nuestro entorno y medioambiente, y día a día intentan convencernos de su autoridad en temas tan importantes como la conducta social. Mi recomendación es que no les haga caso. Sólo así se darán cuenta de que el mundo gira sin ellos.
Sin embargo, lo realmente lamentable es que sus complejos los inducen a pensar que son capaces de llevar a cabo determinadas actuaciones públicas o privadas, como convertirse en líderes de algún grupo político, corporativo, social o religioso, o de algún equipo deportivo, además de intentar sobresalir en los trabajos donde son empleados, en los vecindarios donde residen, o en universidades y otros recintos donde estudian o asisten y, al mismo tiempo, pretender que todos crean que son inteligentes, talentosos y que sin ellos muchos de los proyectos en los que están involucrados no funcionarían, por lo tanto, opinan que se les debe rendir la correspondiente pleitesía.
Si los egocéntricos pertenecen al sexo masculino, quieren hacerle entender a los demás de su género -y a veces incluso a las mujeres-, que ellos están por encima de los prejuicios sociales y, por ende, no se les puede frenar ni poner límites de ningún tipo. Por supuesto y siguiendo la misma tónica, tampoco se les debe hacer críticas -por muy mesuradas que sean- ni intentar imponerles cualquier otra barrera que se les ocurra. Ellos son quienes son ¡y punto! Claro está, la realidad dista mucho de tales disquisiciones personales de estos individuos.
En el caso de las mujeres egocéntricas es ligeramente distinto. A ellas se les ve “creídas” desde la distancia. Al menos, desde la óptica de un buen observador cuyo juicio no esté comprometido. A lo mejor por eso el trato que se les prodiga es en suma bastante “cuidadoso”, con vistas a evitar una respuesta ríspida o llena de un humor insoportable.
Muchas féminas no se percatan de que están siendo poseídas por ese perfil que ahoga a muchos seres humanos: el “egocentrismo”. En ellas, muchas veces este detalle está matizado por tintes de corte social, sagaz, y tal vez incluso hasta diplomático. Pero, para su infortunio, no pueden ocultar totalmente el reconcomio que les produce no ser aceptadas como ellas creen que son y deban ser y ahí comienza un infinito sainete con su propia conciencia.
No obstante, el egocentrismo en ambos géneros llama la atención de todos por el simple hecho de que no son tantos en la escala de valores de los seres humanos. Quizás precisamente por ser los menos resaltan en el escenario social, y todos y cada uno de los mortales se percata de que se trata de personas contaminadas con un germen a veces detestable del que no pueden deshacerse con tibias apariencias. Los egocéntricos deben ir al fondo de sus valores y atenuar en lo posible sus proyecciones, haciéndole ver a los demás que están reconstruyendo su personalidad, que son iguales a los demás, aunque necesiten tiempo para validar sus posibilidades futuras. Y aun así… ¿debemos creerles?
Conocemos casos en los que no vale la pena insistir. Los egocéntricos de ambos sexos son jactanciosos hasta la última gota de su sangre. Son petulantes precisamente debido a sus modales ostentosos con los cuales pretenden disminuir a los demás. Y ¡ay!, si se trata de líderes o aspirantes a serlos. No hay nada más aborrecible que un sujeto que se crea superior sin serlo y que a cada paso intente dar muestra de su supuesta superioridad presumida en su mente.
Por desgracia, ahí los tenemos: hombres y mujeres, líderes y fanáticos. Mirándose al espejo constantemente para comprobar -desde su óptica por supuesto-, los atractivos físicos que ellos consideran que les adornan. O quizás embelesándose, oyendo alguna grabación de cualquier acto público en el que participaron como líderes o invitados, presentadores o, simplemente como expositores. Después de todo, quizás hasta sean dignos de lástima. Se imaginan lo triste que debe ser para un individuo con una absoluta carencia de sentido común, pasar por la vida viviendo en un espacio que no le corresponde, pero que quieren usurpar a toda costa.
Y en nuestro camino hacia el infinito tropezamos con -tal vez-, los peores de todos los egocéntricos-: los millonarios. No son todos, por supuesto, pero los engreídos basados en su dinero que padecen este mal y tienen unos insaciables delirios de grandeza -quizás producto de una infancia y adolescencia consentidos y malcriados-, opacan las bondades de aquellos hombres y mujeres tan acaudalados como ellos, que se han curado o que nunca sufrieron el complejo y, por ende, sus egos marchan en sintonía con la sociedad que los rodea. Éstos, a los que me refiero, hacen gigantescas donaciones a hospitales, escuelas, universidades, asilos de ancianos refugios de niños sin hogar, fundaciones de beneficencia de diversos tipos, y otra caterva de instituciones que necesitan capital para funcionar con la debida racionalidad.
Mi recomendación para valorarlos es que debemos desprendernos de prejuicios y analizar en profundidad y con la mayor justeza posible a todos aquellos que huelan a egocéntricos. Quizás no sean tan malos después de un examen mesurado y sin rigidez y, sobre todo, con la mejor intención de ganarlos para la sociedad donde vivimos.
Quizás la vida es relativamente corta para estos propósitos, pero nada se pierde con probar, con una decisión positiva de nuestra parte, quizás podamos lograr que aquellos con tales execrables complejos, mejoren su actitud hacia los demás y convivan con nosotros en buena lid. No hay que dudar que una charla bien articulada, una aptitud empática y una disposición a ayudar a nuestros prójimos -en este caso, los egocéntricos- puede ser que a la larga logremos transitar por la vida con la conciencia tranquila, ésa que nos ofrece la satisfacción del deber cumplido.
Hasta tanto: ¡buena suerte!


