"Entre Comillas"

por Ernesto Morales

Los presidentes

En este país siempre sucede lo mismo en época de elecciones, y se avizoraba una contienda difícil.

En abril de 2012 me di a la tarea de escribir la novela «El hijo del candidato», la cual tendría una estrecha relación con las elecciones que se llevarían a cabo en Estados Unidos aquel año. Existía entonces una creciente polaridad entre los partidos tradicionales. Nada nuevo, por supuesto. En este país siempre sucede lo mismo en época de elecciones, y se avizoraba una contienda difícil. La obra tuvo, y aún tiene, una buena acogida por el público lector; la misma se puede ordenar en Amazon.com y en la editorial Palibrio.com. 
Las motivaciones que surgieron en aquella ocasión han vuelto a la palestra recientemente con más furor. En retrospectiva, recuerdo que tuvimos la oportunidad de ser testigos de primera fila de lo que acontecía con respecto a unas elecciones súper reñidas, donde los adjetivos y epítetos desagradables abundaron y las expectativas aludían a múltiples escenarios con finales para todos los gustos. 
Quizás esa haya sido la razón por la cual me he sensibilizado con la idea de copiar a continuación el prólogo de aquel trabajo con el objetivo de brindarles una mejor comprensión de lo que tradicionalmente sucede en este país desde los inicios de la puesta en práctica de su Constitución. 

La presidencia de los Estados Unidos es la quimera más ambicionada por los políticos norteamericanos, incluyendo, por supuesto, a los mediocres. Allí la notoriedad, los intereses y las influencias lo pueden todo. 
Para ocupar el cargo no se necesita de un talento especial; aunque quizás ayude un tanto ser algo inescrupuloso. La clase social no es muy importante, y no deja de ser sorprendente que, de la noche a la mañana, si se es espléndido con los recursos, amable con la prensa y cordial con los encuestadores, se puede estar en control de los destinos de la nación.
Sólo se necesita dinero, mucho dinero. Por paletadas. Por contenedores.
El presidente tiene en sus manos el futuro de millones de personas. Goza de simpatías y rencores, amores y odios, amigos y enemigos. Llegar hasta ese cargo es la meta de muchos. Pero, proponérselo es una cosa, y alcanzarlo, otra. 
La sensibilidad del votante promedio es caprichosa, como el viento en el mar. Si un político iza y arría con tino las velas de su embarcación -y la suerte lo acompaña, desde luego-, tal vez, y sólo tal vez, pueda navegar y atracar en los puertos que se propone sin muchos contratiempos. Es triste que a menudo los acólitos, traidores o pendencieros, le hagan sombra, y el mandatario -culpable o no por admitirlos- pague los platos rotos. 
Otro bemol son los compromisos de campaña. ¿Fueron expresados con sinceridad o presionados por instantes de euforia, acuciados por la audiencia? ¿Se cumplirán?
De los cuarenta y cinco presidentes que han ostentado el cargo en Estados Unidos, ocho han muerto en ejercicio: cuatro asesinados y otros cuatro de causas naturales. Nueve fueron víctimas de atentados; tres sometidos a juicio político y uno, renunció.
El primer mandatario es el jefe de Estado y del Gobierno Federal; tiene cuatro millones de funcionarios a sus órdenes, comanda las Fuerzas Armadas; y dirige las relaciones internacionales. Es un trabajo agotador; apenas cuenta con tiempo libre, y, aun así, es uno de los empleos más codiciados del planeta. 
Para disfrutar de esta ecuación, no es necesario ser matemático, sino político. Si llegado hasta aquí no le he explicado bien, le recomiendo la lectura de mi novela «El hijo del candidato».

Y ahora me pregunto: ¿por qué deberá repetirse este bochornoso sainete de tirantez e intolerancia en cada período eleccionario? ¿Será que aún no hemos llegado a la madurez política y social de modo que nos permita transitar por estos momentos sin que se nos alteren las venas de las sienes o del cuello, sin gritar ni amenazar con la posibilidad de dejarnos arrastrar por la violencia? ¿Nos falta educación comunitaria, sensibilidad, cortesía y sentido común para conversar con nuestra familia, amigos, colegas o vecinos dentro de un marco civilizado, a pesar de que opinen diferente a nosotros?
Una vez contestadas estas preguntas y siguiendo las pautas del momento en el contexto que estamos viviendo, podríamos añadir que quizás necesitemos un tanto más de lucidez y sabiduría política para entender los vericuetos de la pasión partidaria de cada individuo. 
Cualquier ciudadano puede estar en posesión de «su verdad», solo que quizás «esa verdad» se dé de frente con «la verdad» de otras personas. Todos creemos tener la razón en lo que exponemos y, para infortunio nuestro, a veces nuestra explicación no concuerda con la razón de las personas con las que conversamos, y, a veces, incluso hasta debatimos. Es ahí, precisamente, donde radican los más impensados conflictos que pueden surgir irreflexivamente, y conduzcan al fracaso de las relaciones humanas.
La mejor manera de entender la vida, tal y como se nos presenta -y como yo la entiendo- es siendo mesurados en las exposiciones que hagamos, analíticos en las respuestas que brindemos a los demás, sagaces en las preguntas que formulemos, y, sobre todo: «civilizados». 
¿De qué nos vale una existencia vacía de contenido, o demasiado llena de deducciones no evidenciadas, si no le aplicamos nuestro concepto de la justicia, la prudencia de nuestras inquietudes, y la altitud de nuestra diplomacia más representativa? ¿Es que acaso no podemos controlar nuestros impulsos? ¿Es que quizás no tememos a las consecuencias de nuestra momentánea irreflexión? 
La vida no es un estercolero donde cualquiera puede depositar sus excesos y residuos como material desechable. La vida es un don de la naturaleza y debemos disfrutarla con la paz como quimera, alejada de la distopia más alienante. 
La vida es un regalo divino surgida del amor de nuestros padres y, en homenaje a ellos, debemos transitar por ella como dentro de un marco de bondad: pacíficamente y teniendo por meta la educación más esmerada de nuestros hijos y nietos. Debemos dejarnos arrastrar por esa ola de amor y respeto hacia el prójimo, sublimando la existencia de nuestra generación. 
Si usted, amigo lector comulga con este patrón de comportamiento, tenga por seguro que alcanzará la dicha del mañana rodeado de los suyos en el mejor de los mundos y nada ni nadie le alterará el pulso. Ahí nos veremos. Hasta entonces.  

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