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POLÍTICA

Por Luis Miranda

La primera sociedad que habitó el sur de Mesopotamia fue la sumeria y ahí comenzó lo que hoy se conoce como civilización occidental

Cuando hablamos de occidente solemos pensar en Grecia, Roma o la Ilustración. Sin embargo, la raíz más profunda de nuestra manera de entender el derecho, la ciencia, la organización social y la vida urbana se hunde miles de años atrás, en una franja de tierra fértil entre dos ríos turbulentos: el Tigris y el Éufrates. Allí, en Sumer, surgió la primera civilización que dejó huellas institucionales, jurídicas y científicas que todavía respiramos.

El Código de Hammurabi significa el nacimiento del derecho como institución, mucho antes de que existiera la idea moderna de Estado de derecho, los babilonios —herederos directos de la tradición sumeria— redactaron el Código de Hammurabi, una de las primeras compilaciones legales de la historia.

 

Su importancia no reside solo en su antigüedad, sino en su innovación conceptual: La ley se vuelve pública, inscrita en piedra para que todos la conozcan. El poder deja de ser arbitrario: el rey no “inventa” justicia, sino que la administra. Se establecen principios que hoy consideramos básicos: proporcionalidad, responsabilidad y reparación del daño; también aparece la idea de que la sociedad necesita normas estables para funcionar.

 

En otras palabras, Hammurabi inaugura la noción de que la convivencia humana requiere reglas claras, previsibles y aplicables a todos. 

 

Sin Mesopotamia, el derecho occidental sería impensable.

 

A ellos debemos también las matemáticas, el álgebra y la ciencia, lo que constituye la primera revolución intelectual. Los sumerios no sólo inventaron la escritura cuneiforme; también desarrollaron herramientas científicas que marcaron el rumbo del conocimiento humano.

 

Entre sus aportes fundamentales podemos contar el sistema sexagesimal (base 60), que aún usamos para medir el tiempo y los ángulos;  las primeras tablas matemáticas para multiplicación, división y raíces cuadradas; la astronomía sistemática, necesaria para la agricultura y los calendarios. 

 

La geometría aplicada para medir tierras, construir canales y levantar templos y la 

Protoálgebra, visible en tablillas que resuelven ecuaciones y problemas de áreas.

La ciencia nació como una respuesta práctica a la vida urbana: administrar cosechas, calcular impuestos, organizar el riego, anticipar inundaciones. Pero esa necesidad técnica abrió la puerta a algo mayor: la idea de que el mundo puede ser comprendido mediante reglas racionales.

 

Allí surgieron igualmente, las primeras ciudades como laboratorio de la vida social; 

 

Uruk, Ur, Lagash, Eridu: nombres que hoy parecen míticos, pero que fueron las primeras ciudades reales de la humanidad.

 

Allí surgieron principios como la división del trabajo, la burocracia, los templos como centros económicos, los mercados, la propiedad privada y la noción de ciudadanía primitiva

 

La ciudad sumeria fue el primer espacio donde los seres humanos tuvieron que aprender a convivir con desconocidos, a coordinar esfuerzos y a crear instituciones. 

 

Fue el primer ensayo de la vida moderna.

 

Por tanto, el legado que aún nos define como occidente no empieza en Grecia porque Grecia empieza en Sumer.

 

Los griegos heredaron de Mesopotamia la astronomía, la matemática, la escritura, la organización urbana y la idea de que el mundo puede ser explicado sin recurrir únicamente al mito. 

 

La civilización occidental es, en buena medida, la prolongación de ese impulso sumerio por ordenar el mundo, regular la vida social y buscar conocimiento verificable.

 

Los principios fundamentales de la organización de un Estado político tienen su origen en Sumer y ahora descubrimos que Occidente prefiere olvidar diciendo que la civilización occidental nació en Grecia y que el derecho en Roma; el derecho no nació en Roma: nació en Babilonia.

 

Antes de que Roma soñara con sus doce tablas, los mesopotámicos ya habían entendido algo decisivo: que la justicia no puede depender del capricho del poderoso. 

 

El Código de Hammurabi no es solo una reliquia arqueológica; es el primer intento serio de limitar el poder, de fijar reglas públicas, de establecer proporcionalidad y responsabilidad. Es decir del germen del estado de derecho.   

 

Esa narrativa —cómoda, eurocéntrica, políticamente útil— borra un hecho elemental: la civilización comenzó en Mesopotamia y no como metáfora, sino como estructura: derecho, ciencia, ciudad, escritura, Estado; todo eso nació entre dos ríos; el Tigris y el Éufrates.

 

Occidente no es hijo de Pericles. Es nieto de Hammurabi.

 

Toda esta realidad histórica es la que desconocen los poderosos actuales aquéllos que se escudan en sus millones en medio de una patética ignorancia y de una desmedida avaricia que los lleva a creerse  los reyes del planeta, aprovechan los avances tecnológicos, las redes sociales y la inteligencia artificial para llevar a la humanidad a la destrucción del legado histórico del derecho internacional, del respeto por la vida humana, la ética y la moral; en medio de una guerra estúpida como todas, en la misma geografía donde nació la cultura; lo que nos permite afirmar, que la historia de la democracia liberal, que regía al mundo hasta hace unos meses, comienza y termina en Mesopotamia, pues la civilización occidental ha dejado de existir como tal.

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Luis Miranda

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