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POLÍTICA

Por Luis Miranda

Democracia en la encrucijada: una meditació

desde el borde del abismo

El nacimiento de la democracia en la civilización occidental es el resultado de un largo proceso histórico y filosófico, en el que confluyen ideas, luchas sociales y transformaciones políticas. No se trata de un fenómeno espontáneo, sino de una construcción colectiva que se remonta a la Antigua Grecia y que ha evolucionado a través de los siglos, enfrentando desafíos y adaptándose a nuevas realidades.

1. Grecia Antigua: El primer experimento democrático

El ejemplo más antiguo y emblemático es el de la democracia ateniense, surgida en el siglo V a.C. En Atenas, los ciudadanos (hombres libres nacidos en la ciudad) participaban directamente en la toma de decisiones políticas a través de la Asamblea (Ekklesía) y el Consejo de los Quinientos (Boulé). Aunque esta democracia era limitada y excluía a mujeres, esclavos y extranjeros, sentó las bases del gobierno del pueblo y de la participación ciudadana. Filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles reflexionaron sobre la organización política, la ética y la importancia de la virtud cívica, influyendo en el pensamiento político posterior.

2. La República Romana: Hacia la representación

Tras Grecia, Roma desarrolló la República (509-27 a.C.), un sistema que combinaba elementos democráticos y aristocráticos. Los ciudadanos elegían representantes y participaban en asambleas populares, mientras que el Senado y los magistrados ejercían funciones de gobierno. El derecho romano y la noción de ciudadanía fueron fundamentales para el desarrollo de los derechos políticos y la idea de representación, que influiría en las democracias modernas.

3. El Renacimiento y la Ilustración: El resurgir de la razón

Durante la Edad Media, la democracia retrocedió en Europa, dominada por monarquías y estructuras feudales. Sin embargo, el Renacimiento y, sobre todo, la Ilustración, marcaron un cambio radical. Filósofos como René Descartes, John Locke, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Kant y otros, promovieron la razón, la libertad individual, la igualdad y la separación de poderes. Estas ideas inspiraron movimientos revolucionarios y sentaron las bases teóricas de la democracia moderna.

4. Revolución Inglesa, Independencia de Estados Unidos y Revolución Francesa: El salto a la modernidad

  • La Revolución Inglesa (siglo XVII) y la Declaración de Derechos de 1689 limitaron el poder del monarca y establecieron principios de control parlamentario y protección de derechos individuales.

  • La Independencia de Estados Unidos (1776) proclamó el derecho de los pueblos a gobernarse y a disfrutar de derechos inalienables. La Constitución de 1787 estableció un sistema republicano y representativo con separación de poderes, sirviendo de modelo para otras naciones.

  • La Revolución Francesa (1789) abolió la monarquía absoluta y proclamó los principios de libertad, igualdad y fraternidad. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano reconoció derechos universales y la soberanía popular, inspirando movimientos democráticos en todo el mundo.

 

5. Ejemplos contemporáneos y luchas por la inclusión

La democracia siguió evolucionando, enfrentando nuevos retos como la abolición de la esclavitud, el sufragio femenino y los movimientos por los derechos civiles. Ejemplos como la transición democrática en España (1975-1978) y la caída del apartheid en Sudáfrica muestran cómo la democracia es un proceso en constante construcción, que requiere la participación activa y el compromiso de la ciudadanía.  

 

Conclusión:

La democracia occidental es el fruto de siglos de reflexión filosófica, luchas sociales y transformaciones políticas. Desde la Atenas clásica hasta las revoluciones modernas, pasando por la influencia de grandes pensadores, la democracia ha demostrado ser el sistema más eficaz para garantizar los derechos humanos, la diversidad y el progreso social. Sin embargo, su preservación exige una ciudadanía informada y comprometida, capaz de defender los principios fundamentales frente a los intentos de regresión autoritaria. La democracia no es un logro definitivo, sino un proceso vivo que demanda vigilancia, participación y respeto por la pluralidad de ideas y personas.

El momento histórico que estamos viviendo se caracteriza por un regreso a ideas políticas que no consideran ninguna de estas realidades filosóficas, ideológicas e históricas que llevaron a la humanidad a construir sistemas democráticos. La geopolítica mundial nos coloca en medio de una nueva realidad donde grandes imperios mundiales se disputan el poder moderno que a pesar de que radica en avances tecnológicos como el control de internet, de las redes sociales, de los medios de comunicación y de la producción de bienes y servicios dependientes de los avances científicos, provoca la aparición de grupos creados alrededor de falsas teorías conspirativas, de fanatismo religioso que muchos considerábamos superados, de ideas absurdas sobre la salud humana, sobre la educación, sobre los derechos humanos atacando los avances científicos, la educación, la cívica, y el conocimiento filosófico, y nos regresa a una escalada de guerra armamentista que representa un terrible prospecto para el futuro de la humanidad con la proliferación de armas nucleares que fácilmente podrían destruir la vida en el planeta Tierra.

La democracia occidental no es una fórmula técnica ni un simple sistema de gobierno: es una herencia espiritual, un pacto ético entre generaciones que decidieron que la dignidad humana, la libertad de pensamiento y la pluralidad de voces valían más que el dominio de unos pocos. Desde las asambleas de Atenas hasta los manifiestos de derechos modernos, pasando por las revoluciones que sacudieron imperios y las luchas de los marginados, la democracia se ha construido con sangre, ideas y esperanza.

Pero hoy, ese pacto está siendo erosionado por fuerzas que desprecian la memoria, la razón y la diversidad. En nombre de la eficiencia, del orden o de una supuesta verdad revelada, se levantan discursos que niegan la complejidad del ser humano, que atacan el conocimiento científico, que ridiculizan la filosofía, que desmantelan la educación cívica y que promueven una regresión autoritaria disfrazada de modernidad.

La geopolítica actual no se define solo por territorios o tratados, sino por el control de las narrativas, de los algoritmos, de las emociones colectivas. Las redes sociales, los medios de comunicación y la producción científica han sido capturados por intereses que no buscan el bien común, sino la dominación simbólica. En este contexto, proliferan teorías conspirativas, fanatismos religiosos reciclados, negacionismos sanitarios y revisionismos históricos que desfiguran el rostro de la humanidad.

Y mientras tanto, el espectro de la guerra vuelve a asomar, no como memoria del siglo XX, sino como amenaza renovada: arsenales nucleares, escaladas armamentistas, retóricas belicistas que ignoran la fragilidad del planeta y la interdependencia de nuestras vidas.

La democracia, entonces, no puede ser entendida como un estado alcanzado, sino como una práctica constante de resistencia, de imaginación política, de cuidado mutuo. Requiere ciudadanos que no solo voten, sino que piensen, que cuestionen, que se comprometan con la verdad, con la justicia y con la belleza de lo plural.

 
 
 
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Luis Miranda

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