Mujer Nueva

Por Noris Capin

Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello. Llénense de gozo y alegría para siempre.

Isaías 65: 17-18

Hay que despertar

Es preciso despertar del sueño profundo en que hemos estado viviendo. Es importante despertar, para tener un mañana feliz, lleno de luz, para abrir los ojos a un nuevo día. Un día que vendrá inundado de bien y de esperanza para subsistir con gratitud por el simple hecho de respirar, sentir y disfrutar todo a nuestro alrededor. 
Pero hay que despertar ahora mismo: sin miedos, sin pavor al pasado o aprensión al futuro. Hay que abrir los ojos para enterarnos de que existe el día cubriendo parte del Universo con su manto de luz y de tinieblas, en perfecta armonía, girando en torno nuestro. 
Despertar del sueño eterno de la fantasía arraigada en nuestra propia historia, es despertar al presente lleno de estímulos y planes por realizar. Despertar es olvidar nuestro rostro entristecido, sumido en un desvelo inquietante por no haber sido capaces de tocar la cima del mundo cuando la cúspide era alcanzable y no temida. Porque, al estar dormidas en la plenitud del tiempo, se desvió el cauce vertiginoso del río que huyó temeroso de nuestra propia sombra. 
Pero hay que despertar ahora mismo de ese sueño escaso de ilusiones y planes no forjados por lo que nos ha tocado vivir. Hay que avivarse después del somnífero que ensombreció nuestros proyectos anidados desde siempre, en la profundidad del alma; hay que despertar para no idealizar tan sólo en sueños lo que no se hizo realidad después de una noche en vela: tiempo contemplativo y largo que se convirtió en prisionero de la oscuridad y fugitivo del día.
Despertar es pagar altas cuotas a la vida, por no haber enmendado los momentos de fragilidad y descontento a raíz de las desilusiones sufridas. Es perdonar al destino por olvidarse de proporcionarnos valentía para enfrentarnos a sucesos dolorosos, cuya repercusión desniveló la tranquilidad del alma. 
Por habernos sentido defraudadas y frustradas cuando la vida nos sonrió en un pasado al quedarnos hundidas en nuestra propia congoja; de modo que, por estar distraídas y confiadas en otras situaciones menos importantes, se nos borró el tiempo de Gracia dado por Dios. 
Despertar es ahuyentar la mentira que encalleció nuestro camino por ser ingenuas y desinteresadas al aceptar el embuste como verdadero y al unirnos a la falsa algarabía del mundo por ser inocentes concursantes en el juego inestable de la vida —también por eso debimos despabilarnos—.
Tenemos que despertar del largo sueño que activó el cansancio y que ahora es parte de una misma, porque nos acostumbramos a la pereza y a no saber distinguir entre la noción del tiempo y la culpa; culpa que fue sembrada inconscientemente en los ámbitos cavernosos de nuestra mente y, que, sin darnos cuenta, no entendemos que dormir en la amplitud del tiempo no es recomendable.
Despertar es empeñarse una misma en no devolver con creces, el vacío que ha dejado una marca en las márgenes de nuestra corta o larga existencia. Despertar es tratar de rescatar una estrella para que alumbre las huellas que dejamos impresas un día en la arena: detalles que no pudo borrar el viento con su tronera sedienta de desafíos y luchas. 
Despertar es alejar el sueño imposible de lo que pudo haber sido y no fue; es abrir los ojos a la realidad que encandila nuestros ojos por ser la luz la que alumbra un centenar de añoranzas esperando a ser vividas, esperando a ser expresadas y las que se convirtieron en pesadillas por estar colmadas de ilusiones demasiado juveniles para ser verdad.  
Despertar es tomar consciencia de una misma, es ser presencia en donde haya ausencia de posibilidades para ser abordadas en la plenitud del alba. Es despertar para recordar que la vida es la cima de todo lo esperado y de todo lo querido, es la cúspide que revive el cantar de todos los tiempos y la víspera del silencio que se habrá de escuchar.
Pero hay que despertar ahora mismo del pertinaz concierto de voces estranguladas en el desierto de nuestras dificultades y renuncias. Despertar es esquivar los miedos que han desequilibrado el conforte de nuestras propias iniciativas y reclamos, para cambiar lo que está dicho y no asentir a lo que se habrá de decir.
Despertar es caminar rectamente por la línea imperceptible de la cuerda floja, es poder mirar la aurora asomar sus lánguidos hechizos, para que la realidad concuerde con el presente que no ha de quedarse mudo por el deseo de decir lo que es cierto…
Bastará con que despertemos de ese sueño, que culminará al llegar el día y volverá a reposar al arribo de la noche; porque la alborada y el crepúsculo son traicioneros y a la vez certeros: su constante asomo sobre el pavimento nos inquieta y nos mutila, aunque nos recuerda que cada día es un regalo maravilloso de Dios.
Despertar es abrir un mundo de perfectas posibilidades llenas de esperanza e ilusiones, las que se han hecho cargo de alejar la tristeza, desmantelando las agresiones que vienen en baldes llenos de agravio y en secuelas sin frutos las que nos atacan con persistencia todos los días.
Y no hay nada más impresionante en la vida que el saber que Dios ha sido capaz de abrir nuestros ojos a lo que nos resta de existencia. Dios, con Su infinito amor, nos sacude desde los pies a la cabeza y nos dice que hay un mañana por venir y un futuro hermoso asomando en el horizonte. 
Él nos permite reflexionar sobre el cansancio y la dejadez que acampó en nuestra vida y la ingratitud al no apreciar los momentos señalados por Él, los que fueron ignorados por nuestra propia vanidad y orgullo. Dios desea que despertemos de ese sueño apacible que desplaza la esperanza de un futuro mejor, colmado de riquezas espirituales y de amor.  
Dios, por Su eterna misericordia, nos alerta que existen plenitudes por venir y recompensas por cobrar a la vuelta de la esquina.  Porque Dios es así: rico en cantares del alma, hermoso en Su inigualable bondad para con nosotras, majestuoso en donar bendiciones por todo lo alto, largo y ancho de nuestra vida: repartiendo compasión y misericordia para vivir con dignidad y lucidez todos los días. 

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