top of page

MUJER NUEVA

Por Noris Capin

En presencia del Espíritu Santo

Una mirada al cielo es todo lo que se necesita. Un minuto, un día o una hora hace la diferencia.

Hace la diferencia porque, aunque sea un sea un segundo entre la tristeza y el gozo, tener fe en Dios reconforta y ayuda a salir adelante hacia la luz y nunca hacia la oscuridad.

El Espíritu Santo, donador de vida y paráclito consolador de los hombres, nos proporciona alegrías y nos aleja de las angustias permaneciendo cerca de nosotros y guiándonos.  

 

¿Y cómo nos asesora, cómo nos encausa y orienta si no lo podemos ver y tocar? Es algo más allá de lo que podamos entender, pues, si se ha experimentado la presencia del Espíritu, no sabríamos definir si es que nuestro cuerpo quien nos estrecha en una sensación protectora, o es que la presencia del Espíritu Santo nos hace sentir esa paz profunda no antes concebida. Es un percibir diferente que se experimenta en los momentos de enfermedad o en instancias de absoluta desesperación o desesperanza.  

 

Cuando el silencio nos sobrecoge, cuando las lágrimas corren por el rostro en un estado de abatimiento emocional y espiritual, nos percatamos, de pronto, que la paz, el gozo y la confianza nos inunda como un manto conciliador, con calma y apacibilidad. 

 

Yo he experimentado el gozo del Espíritu de Dios en momentos terribles y sin salida; he sentido la presencia suprema estabilizar mi cuerpo, mi mente y mi ser en momentos precarios como instantes de muerte debido a la leucemia.  Es una experiencia honda de consuelo, prorrumpiendo en un llanto inconsolable y gimiente que inunda hasta la médula herida, víctima de las situaciones que están escritas en la vida del ser humano, desde su nacimiento.

 

Luego, cuando se percibe la tranquilidad notable y significativa de la intervención de Dios, se comienza a sentir el aplomo, el sosiego, la alegría y la certeza que solo el Espíritu otorga. 

 

En fe, en esa fe que nos sirve de escudo y fortaleza interna, esperamos que la Gloria de Dios nos inunde íntimamente, desde los pies a la cabeza, desde el corazón. Siempre invocando Su presencia o, simplemente, el Espíritu Santo aparece sin aviso y sin revuelo. 

 

Por medio de la confianza que albergamos en el alma, confiamos en la misericordia de Dios, que es amor incondicional, compasivo y sabio. Es, por lo tanto, un atributo que alivia el sufrimiento que ofrece gracia y sanación en su máxima expresión. 

 

La presencia del Espíritu Santo son sinfonías de equilibrio y armonía personal que se escucharán cuando los altoparlantes del alma, cuerpo y razón estén prendidos delante de la presencia de Dios. 

 

Tengan fe en el Espíritu Santo, la Tercera persona de la Santísima Trinidad (junto al Padre y al Hijo) siendo Dios mismo, no solo en fuerza y voluntad sino en poder.

 

Recuerden que el Santo Espíritu es el prometido por Jesús que actúa como consolador, consejero y guía, viviendo con el ser humano, siempre, en las buenas y en las malas conforme a la voluntad divina.  

 

Juan 14:26 nos dice: Pero el Defensor, el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.

Norys.jpg

Noris Capin

Ahora bien, el Señor es el Espíritu,

y donde está el Espíritu del Señor,

allí hay libertad. Corintios 3:17

bottom of page