Mujer Nueva

Por Noris Capin

El Espíritu Santo y la esposa del Cordero dicen: 
«¡Ven!» Y el que escuche, diga: «¡Ven!» 
Y el que tenga sed, y quiera, venga y tome del agua 
de la vida sin que le cueste nada.

Apocalipsis 22: 17

El estrés nos aniquila

Llegar al fondo del alma y del espíritu es difícil especialmente si la persona no está en comunión con su alma y con su espíritu. Tratar de resumir un momento en la vida en un instante de estrés, es fácil puesto que la mayoría de los incidentes de este mundo están inundados de estreses. 
¿Por qué será eso? Por qué tenemos que sufrir de ansiedad y desasosiego todos los días una y otra vez? ¿Es que acaso no entendemos de qué existe Dios para subsanar y transformar la vida, para hacerla más llevadera y también para que entendamos de que no estamos solas?
No estamos solas en este mundo de imperfecciones, no estamos solas en la campaña de vivir para no morir crucificadas, sino, más bien, estamos aquí para conocer más de nosotras mismas y aprender cómo desviar los ardientes desenlaces de la ansiedad y sus consecuencias. 
Muchas veces nos sentimos que la vida es demasiado severa y estricta excesiva en cansancio, descomunal para continuar adelante para poder realizar lo posible y lo imposible y así salvarnos. Es, por no decir otra cosa, desesperante en su totalidad de vida cuando el estrés nos invade y nos destruye. 
Nuestra vida está rebozada de diluvios, sofocada de tantas humaredas perpetrando los pensamientos, haciéndolos dormir en la sala del dolor ya que, después de sentir que la vida nos abraza con devoción con tantas bendiciones, de pronto, nos sobrevienen algún que otro ramalazo por la espalda que nos aleja de la paz que queremos abrazar. 
La vida es como un acordeón que exhala y emite salvas de fuego con la diferencia de que no hay música. Quiero decir, que no se escucha la voz del alma, la voz de la fe, la voz de los sentimientos que rastrean algún indicio de paz y divinidad por los conductos de la existencia. 
Sin embargo hay esperanza, hay ilusión, hay certeza que existe el aguardo a todo lo manso que ha de venir, a todo aquello que vendrá a santificar la mente, el cuerpo y el espíritu.
Un buen día -y yo lo he hecho- hay que decirse a una misma: "Basta, está bueno ya, no más problemas, no más incertidumbre y que venga el descanso". No más de lo que no viene de nosotras, no más de lo que otros dejan tirado en el suelo y creemos que es nuestro deber recoger los pedazos del destino y las injusticias hacerlas nuestras. No más asumir responsabilidades que generan angustias; basta ya con la intranquilidad que nos trae el dolor y sobresalto, basta ya, chicas. 
El estrés altera nuestro ser y lo convierte en un recipiente lleno de inquietantes cargas. Llenamos hasta el tope todo lo que no sabemos dónde colocar, cada situación o desastre lo interiorizamos y salimos, al final, desahuciadas y sin vida de tanto sufrir. Basta ya, amigas, de todo lo que genera ansiedad, basta ya de llorar, no más conmociones que tiemblan dentro del cuerpo, ya basta...
Yo he llegado a la conclusión de que los histerismos de otras personas los debo dejar a un costado, lejos de mí. Eso no quiere decir que ignoremos los dolores de los demás, eso es imposible, pero no hay que olvidar que nos debemos a nosotras mismas la paz. Tenemos de por sí, suficiente con nuestras propias preocupaciones y desvelos, bastante con nuestras inquietudes y alarmas para cargar en nuestros hombros las preocupaciones de otros que en realidad no podemos resolver o mitigar.
Para eso está Dios, para afrontar con nosotras, a cada minuto, las desazones que nos acompañan diariamente. Para eso existe la oración, para que nos levantemos delante del Señor y pidamos misericordia, ayuda, divinidad y bondad para con nosotras. Estamos perdidas si no acudimos a la oración que nos transporta a los atrios de Dios en humildad y devoción. Él nos escucha.
Por causa del estrés sufrimos toda clase de enfermedades y, dependiendo de cómo nos ajustamos al ambiente interno y externo de cada situación, salimos vencedoras o derrotadas. Dicen las estadísticas, que el 45% de los adultos padecen de estrés y de ataques de pánico; y no solo los adultos, sino también los adolescentes que también reciben una dosis de inquietud que no deja de ser preocupante ya que ellos no saben cómo enfrentarse a las consecuencia de sus actos. 
¿Qué es eso, por Dios? ¿Por qué sucumbimos a lo que nos lleva a la muerte, a lo que afecta el espíritu y el cuerpo? ¿Por qué no nos zambullimos en la Palabra de Dios que nos dice tantas cosas, a la oración diaria en espíritu y verdad? ¿Es que acaso no sabemos que Dios nos quita el cansancio y la preocupaciones cuando ponemos nuestros problemas en sus manos?
Dice la Palabra de Dios en Mateo 11:28-30: Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso. Porque el yugo que les pongo y la carga que les doy a llevar son ligeros.    

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