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MUJER NUEVA

Por Noris Capin

Apuntes de vuelo

Abajo un mundo de aves. Arriba un conjunto de nubes abriendo paso. Entre nubes voy, lejos de las aves. Voy de un lado a otro subiendo hacia el Atlántico en un zeppelín sin ruedas, en una especie de aparato tembloroso envuelto en un viento atroz.

Aborrezco sentir el zarandeo de dicho artefacto y me persigno… La gente me mira y río, les hago una seña apuntando al cielo en que estamos, luego entienden, y hacen lo mismo; es muy divertido ver cuando se acuerdan de que existe Dios.  Pienso que Dios está conmigo, a mi derecha, sonriendo de mi miedo al estar sentada confortablemente en un avión. 

Solo en momentos cuando la vida está en manos de otros se agradece un rezo en voz baja. Débil momento de ser nada frente a la penumbra de todo. Estoy en un avión viajando, ondeando en la inmensidad del aire, siento un suspiro enlatado de alas tiesas y metal.

Veo en derredor muchos rostros, ojos como la luna que aparecen de pronto a mi derecha. ¡Ay que linda se ve, casi rojiza!; alrededor tiene una aureola brillante– y no es de queso, ¿eh?

Nunca había estado tan cerca de la luna como hoy–; su color ambarino es lumbre tórrida en la inmensa oscuridad y tiemblo al ver su esplendor desde tan cerca.

No puedo dejar de mirarla y resurge la idea en que ojos humanos la ha visto durante la soledad y la añoranza de todas las épocas de tanto amor. Es como si ella en eje durmiese bajo el tiempo; para aquellos románticos que aún piensan que la distancia circunda al mirar su esférico y mágico fulgor.

Más allá, más allá, en la órbita que se hace bruma, mientras ya no se puede más que mirar la negrura absoluta del cielo, observo a las estrellas como puntitos remotos frente a mí. ¡Qué hermoso! Qué divino es atravesar la atmosfera y pensar que nada es imposible en la faz del Universo.  Dice la Palabra de Dios lo siguiente: Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no cubrirán las aguas.  Isaías 43:2

Coloco a cuatro ángeles frente a mí: uno a mi derecha, otro a mi izquierda, detrás de mí y el último sobre mí, pidiéndole a los ángeles que me cuiden durante mi vuelo.

Entonces decido mirar lo que hay detrás de la ventanilla y observo el ala de este pájaro fulminante y veo que se estremece la punta en donde las luces pestañean, no me gusta eso, pienso que de pronto se despegarán en tambaleo y de golpe caerá su fuerza y peso en el agua. Ahí todos desapareceríamos. Sin embargo, rezo, confío y espanto los pensamientos que me tientan al miedo.

No obstante que espectacular se ve todo desde arriba, y olvido el miedo al ver tanta belleza sumergida en el cielo. De súbito recuesto mi cabeza cerca de la ventanilla dejando que mi sentir se encumbre de emoción. Confío en Dios porque soy fuerte de alma y corazón, tengo la certeza de que el avión llegará a su destino y todo estará en su mejor apogeo. Río.

Ya estoy llegando a Nueva York, ¡Que hermosa ciudad se ve desde el cielo! Parece un árbol de navidad alumbrado desde el tronco hasta el pico en donde se coloca una estrella, allí está. Veo tenuemente el tráfico dentro de la niebla como hormigas buscando un lugar entre tantos.

Ando en volando en la altura, remotamente suspendida en esta nave de paso, no obstante, puedo ver la simetría de colores, de luces; el equilibrio del mundo se detiene en mi mirada, el ritmo de la ciudad se hace visible ante mis ojos y puedo escuchar el compás del viento avisando, la cadencia en que me pierdo al surgir los rascacielos levantando alas de olvido. Disfruto el momento. Lo que tengo frente a mí camina en pies de flor y en manos de poeta, cantando un aria –como el himno del viajero– indicando que en gomas de zapatos enfilaremos la pista en buen viaje. ¡Bendito sea Dios porque he llegado salva! Me persigno de nuevo y observo que nadie vio mi gesto protector…entonces sonrío. Dios me quiere demasiado y mi hijo me espera.

¡Dichoso el que confía en el Señor!  Proverbios 16:20.

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Noris Capin

​Confía en el Señor de todo corazón,

y no en tu propia inteligencia.

Reconócelo en todos tus caminos,

y Él allanará tus senderos.

Proverbios 3:5-6

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