Mujer Nueva

Por Noris Capin

En el amor no hay temor,  sino que el perfecto amor echa  fuera el temor.

 

1Juan 4:18

El amor en su divinidad propia

Existe ese sentimiento que nace del ser humano que llamamos “amor” es una llama que no tienen comparación ya que, a través de la historia de la Humanidad, el amor siempre ha sido el elemento principal que mueve e ilumina el Universo.
El amor, de por sí,  no se compra ni se vende sino que reside dentro del ser para embellecer la existencia del ser humano y se dona. Podemos decir que el amor es una inquietud que abriga y permanece, es una euforia que anida en el alma y no deja cabida para un falso sentir.
La mayoría de los seres humanos experimentamos ese sentimiento que justifica todos los impedimentos que puedan existir entre dos personas y las une, siendo esto una ternura que traspasa toda iniquidad y justicia.
El amor supera y sana lo que es incomprensible a nuestros propios ojos y, aún, cuando sabemos que existen ciertas dudas y desconfianzas en una relación, el amor siempre es capaz de subsanar el dolor y las profundas heridas logrando ser el perfecto complemento entre un hombre y una mujer. 
El buen amor, por supuesto, es el que sigue el camino del bien y la nobleza sin esperar nada a cambio, sin exigir, sin temer, sin presumir u obligar bienestar una recompensa para su propio bienestar.  Eso no es amor.
Por supuesto que el amor, en su capacidad divina, nos enseña que la pureza y la sinceridad entre dos personas caminan de la mano hacia un sendero nuevo de verdadera confianza y paz. Cuando el amor no tiene los elementos básicos para construir una relación pacífica y fiel, hay que salir de ella…
Vaya pues, que muchas veces, no miramos más allá de lo que en realidad es importante, y nos dejamos llevar por las musarañas, por la imagen gallarda de una persona y nos equivocamos en los pensamientos pobres que pueden imitar o enmascarar el verdadero amor.
Sin embargo el verdadero amor que nace inesperadamente y se mantiene por siempre a pesar de las dificultades, es aquel que no es vanidoso, ni salvaje, ni hipócrita, ni demandante; el verdadero amor debe de ser pasivo, amable, justo y bondadoso para que sea indudablemente dotado de hermosura y abundancia.
Dice la Palabra de Dios muy claramente en  Proverbios 3:3-4:  Que nunca te abandonen el amor y la verdad: llévalos siempre alrededor de tu cuello y escríbelos en el libro de tu corazón. 
Porque el amor más importante que debemos llevar en nuestros corazones, es el amor a Dios y a Su Palabra. Todo sentimiento que es basado en el amor de Dios, quien nos instruye y nos enseña a exaltar a otros, y a nosotras mismas, es el resultado de esa complacencia interna semejante a la de Dios. De modo que al sentir y saber que Dios es el creador de todo lo que nos sucede -desde el comportamiento hasta la compasión y la apreciación a nosotras mismas- sabemos que Él es quien nos aviva a ser mejores seres humanos y nos impulsa a sentir más gozo por todo, hasta por el más mínimo detalle de nuestra existencia. 
Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente.  Romanos 12:10.

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