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MUJER NUEVA

Por Noris Capin

En la Cruz

Cuando pensamos en la cruz de nuestros días, estamos siendo conscientes de que llevamos las dolencias, cualquiera que sea, sobre nuestra piel. La cruz o el madero es pesado. No deseamos llevar a cuestas todos los desesperos atados a nuestro cuerpo. Sería muy doloroso el peso. Sería muy punzante. Una obligación. Sería, pues, un deber saber que, aunque el peso del dolor es insufrible y cargante, no estamos solas.

El ser humano es capaz de afrontar los problemas y las luchas internas, los desafíos. A eso le llamamos cruz. Le llamamos “cruz” a todo aquello que aflige, que apena, que se soporta y hiere.

 

Sin embargo, seguimos adelante con ese compromiso con una misma, de seguir portando el sufrimiento lo mejor posible, a corto o a largo plazo, sabiendo que va a ser un abatimiento temporal que solo Dios nos ayudará a soportar. Esa es la esperanza. Por ello seguimos andando, cruzando los montes, traspasando las barreras, salvando la vida, franqueando el paso a la esperanza.

 

Desde la cruz, desde el palo más alto de nuestra existencia, está la presencia de Jesús. Solamente saber que Él soportó las vejaciones, sin negar las blasfemias, los maltratos, los empujones, los improperios dirigidos a su ser, sin dejar que los ultrajes y las ofensas cesaran de estremecer su cuerpo cada vez que los látigos devastaran Su naturaleza. Lo resistió todo.

 

¿Y cómo nosotras no vamos a poder soportar las injusticias y las afrentas sin entender que Jesús, el pobre Jesús de Nazaret, fue capaz de sobrellevar tanta miseria? ¿Tanto dolor? ¿Tanta angustia?

 

Tendríamos que ser muy inocentes para no darnos cuenta de que Jesús sí fue capaz de llevar la cruz, aceptando Su pasión, perdonando al injusto. Jesús sufrió en la cruz por nuestros pecados y pagó desde Su dolor nuestras vidas.

 

Dice la Palabra de Dios en Filipenses 2:14-16:

 

“Háganlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para que nadie encuentre en ustedes culpa ni falta alguna, y sean hijos de Dios sin mancha en medio de esta gente mala y perversa. Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo, manteniendo firme el mensaje de vida.”

 

En la cruz, podemos observar y rechazar tantas cosas que se nos hace difícil seguir adelante.

 

¿Eso no quiere decir, amigas, que tenemos que “aguantar” las injusticias y el abuso doméstico u cualquier otro tipo de atropello: un grito profano salido de una voz humana? ¡No! No se puede bajar la cabeza y dejar que nos destruyan, pero sí podemos alejarnos, sí podemos no responder agresivamente a una situación caótica, sí podemos apartar los oprobios caminando con dignidad, tratar de hablar o dialogar -aunque, muchas veces, es imposible conversar con los antagonistas, con quienes nos pisan las suelas de los zapatos-.

 

En la cruz, podemos entender el sufrimiento que nos invade, optando por la oración, transformando un instante de abuso en un pensamiento de paz y concordancia, en el momento apropiado, con la convicción de que el amor a una misma es válido: siendo la fe y la mansedumbre las guías quienes salgan a fortalecer nuestro espíritu.

 

No es fácil el camino hacia la cruz, pero sí podemos llevar adelante la fortaleza, el deber, la sinceridad y la decencia, que son los factores imprescindibles para salir adelante, para liberarnos del mal, de los reveses e infortunios que tenemos en nuestro diario vivir. La cruz cristiana no debe utilizarse para justificar que una mujer soporte violencia. Ese es el mensaje de paz. 

 

Hay que ser fuertes.

 

Filipenses 2:2 exhorta: Llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito.

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Noris Capin

Jesús se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Filipenses 2:8

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