De vacunas, necesitados 
y caprichosos

Por Carlos Madama Hernández
Buenos Aires, Argentina

De referir lo anecdótico, podríamos hablar de diferentes teorías sobre un virus al que bautizaron COVID-19 que apareció a fines del 2019 e hizo su presentación allá por marzo del 2020. Que la voracidad de un chino contra un murciélago indefenso, que un descuido  malicioso  de un laboratorio aventurero, que un invento de los grandes cerebros de la computación y un sinfín de posibles causas que aún no se han confirmado y tal vez sea lo que menos importe a esta altura de las muertes.
La historia también dirá que después de un año de incertidumbre y plegarias al cielo, irrumpió en la humanidad la primera de las vacunas contra ese mal invasivo y traicionero que desmembró al mundo, haciéndonos acordar de otros males que creíamos que nunca más se iban a repetir.
Esta aparición milagrosa de manos de unos cuantos laboratorios, empezó a emparejar el partido y a poner las cosas en su lugar o al menos intentarlo, algo que algunos países pudieron conseguir, mientras que otros están muy lejos de lograrlo.
Porque mientras muchos de los estados europeos ya han salido del confinamiento y empiezan a transitar en la primavera de la esperanza, en el renacimiento de la vida misma, hay repúblicas, sobre todo latinoamericanas, que se sumergen a diario en la incertidumbre propiamente dicha.
Uno de esos casos emblemáticos es Argentina, que ocupa un lastimoso tercer puesto entre los países del mundo con peor tratamiento en las medidas de prevención de la pandemia y el segundo (después de India) en la cantidad de muertos diarios. Y otro caso es Venezuela, que con un presidente que habla con los pájaros, que promociona gotas mágicas para contrarrestar al virus y comulga con la mentira, tiene abandonado a su pueblo que se codea con la miseria misma. Son nada más que dos ejemplos de los tantos que hay en nuestra Latinoamérica. 
En ambos países hay escasez de vacunas. En uno, porque se privilegió a la casta de amigos del poder con vacunatorios VIP que atendieron a quienes no les correspondía por esencialidad ni necesidad, dando lugar a unos cuantos acomodados por el solo hecho de pertenecer al partido gobernante y a cambio de levantar la mano cuando de votaciones a favor de sus intereses se trate. En el otro, ya dijimos: un tirano manejando la salud y la vida de millones de necesitados de un pláceme que los ayude en el aspecto más importante de todos. 
Pero las dicotomías existen y llama la atención (o no) porque mientras en los países que dimos el ejemplo y en tantos otros de la región se ruega por una vacuna, se llame como se llame,  en los Estados Unidos merced a un trabajo serio y responsable de la administración Biden se ofrecen hasta en los supermercados. Cualquiera que tenga ganas de ir a uno de los tantos centros habilitados, podrá inocularse sin necesidad de justificar nada. Incluso, hasta los extranjeros que quieran costearse su viaje hasta cualquiera de los estados podrá remangar su camisa y llevarse el preciado tesoro de la humanidad. 
Sin embargo, y aunque la mesa esté servida esperando a los comensales, gran parte de la ciudadanía estadounidense le escapa al antígeno. Los motivos llegan a ser desde religiosos, pasando por quienes aguardan hasta el último momento esperando una luz de convencimiento y los que directamente lo hacen por capricho. 
Los números no mienten acerca del descenso en la cantidad de contagios del COVID-19 y eso, nadie duda, ha sido por la aplicación de la vacuna y por el buen trabajo hecho por las autoridades en cuanto a la prevención y manejo de la pandemia.
Nadie está obligado a nada  pero Highlander, recordemos, era nada más que una ficción…

Yo no creo 
en el COVID

Yo, omnipotente, poderoso y vasto, vivo, camino, hablo y respiro, porque quiero.
Y porque quiero veo las cosas de uno u otro modo, y vuelo con alas azules, blancas o negras, porque quiero.

Y miro el sol en todas sus dimensiones, porque quiero. Y luego lo veo cúbico y verde, porque quiero. Y le digo que se vaya y se va, y todo porque quiero.
Pero yo, omnipotente, poderoso y vasto, no quiero morir y muero…


José Martí, poeta cubano.

Por Carlos Madama Hernández
Buenos Aires, Argentina

El influencer ucraniano Dimitri Stuzhuk, era joven, atlético, musculoso y eso –al parecer- le daba poderes especiales para asegurar a sus millones de seguidores y a quien le preguntara, que no creía en el coronavirus. Dimitri estaba convencido en que las teorías que circulaban acerca del COVID-19 eran inventos de internet y de ciertos iluminados del fatalismo mundial. Es más, llegó a elaborar teorías que certificaban que este virus era un invento de los laboratorios para vender remedios y para sembrar el terror en la humanidad.
Hasta que al volver de unas cortas vacaciones en Turquía, empezó a tener dificultades para respirar y otra serie de problemas de salud. 
“Yo también pensé que no había Covid hasta que enfermé. La Covid-19 no es efímera” escribió en su último mensaje y fue su esposa Sofía, también instagramer, quien comunicó su muerte.
Stanley Gusman, presentador de la TV brasileña de 49 años, fue un eterno negador de la pandemia e incluso se resistía a usar barbijo y externaba que las medidas sanitarias coartaban la libertad de tránsito. Se pronunciaba contra las medidas de distanciamiento social e incluso declaraba que no se dejaría medir la temperatura en la entrada de comercios y centros comerciales. Desde su lugar en la pantalla, se encargó de apoyar a su presidente Jair Bolsonaro y a refutar cada discurso que advertía de los peligros de tomar precauciones ante el virus. 
Tras contagiarse, fue internado y a los pocos días falleció solo en un hospital de las afueras de Río de Janeiro.
Igona Moura, una influencer brasileña, incitaba a sus seguidores, al mejor estilo Charles Manson,  a concurrir a fiestas y a todo lugar donde hubiera aglomeraciones. Desde el primer momento, Moura negaba la existencia del coronavirus, hasta que un día se infectó y tuvo que ser internada con respirador artificial. El diagnóstico de COVID no tardó en llegar, y a dos semanas de su internación también murió. En uno de sus últimos posteos, se la ve mientras era transportada en una camilla al  grito de  “No tengo Coronavirus”
Tres casos de los miles en el mundo, donde el negacionismo se fue apoderando de la mente de los que se creían dioses y que arrastraron, por sus funciones o trabajos a quienes confiaban en ellos y tal vez ahí estuvo lo peor…

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