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EDITORIAL

Por Judith Crocker

Venezuela vive la peor cara de una catástrofe natural

Su tragedia no termina con el movimiento de la tierra, sino con el vacío material que le sigue.

La tragedia del doble terremoto en Venezuela exige una movilización humanitaria internacional inmediata y sin trabas políticas. El devastador "doblete sísmico" de magnitudes 7,2 y 7,5 derribó el centro y norte del país, dejando un saldo trágico de fallecidos, miles de heridos y decenas de miles de desaparecidos, concentrado trágicamente en  La Guaira,  Caracas, y otras ciudades cercanas, expone la peor cara de una catástrofe natural: la absoluta falta de recursos internos de una nación en crisis profunda para rescatar a sus propias víctimas de entre los escombros.

 

Venezuela ha sufrido el impacto más destructivo. Dos sismos masivos, con apenas 39 segundos de diferencia, transformaron zonas residenciales e infraestructura vital en desiertos de hormigón y polvo. La fractura horizontal de las placas tectónicas liberó una energía violenta que las estructuras del país no estaban preparadas para resistir. Ciudades y sus habitantes se enfrentan hoy a noches oscuras.

 

La verdadera tragedia no termina con el movimiento de la tierra, sino con el vacío material que le sigue. En las horas más críticas del rescate, donde el silencio es vital para escuchar señales de vida bajo las ruinas, la realidad venezolana es desgarradora:

 

  • Falta de maquinaria pesada: Los ciudadanos y los colapsados equipos de Protección Civil se ven obligados a remover toneladas de concreto con sus propias manos.

  • Inexistencia de insumos médicos básicos: Los hospitales carecen de suministros mínimos para atender los traumas y fracturas de los miles de heridos que colapsan los centros de salud.

  • Colapso de servicios públicos: Sin energía eléctrica, sin agua potable y con las comunicaciones rotas en las zonas de desastre, la coordinación logística se vuelve un rompecabezas casi imposible de resolver.

 

La respuesta de emergencia nacional es insuficiente ante la escala de este evento. 

Organismos como la ONU, la Cruz Roja, y países que colaboran, han movilizado equipos especializados. Sin embargo, la burocracia y las fricciones políticas históricas no pueden actuar como un segundo muro de contención. Cada minuto perdido en aduanas o disputas de control es una vida que se apaga bajo el peso del cemento.

 

Venezuela necesita hoy corredores humanitarios limpios y el despliegue masivo e inmediato de brigadas de rescate extranjeras. La comunidad internacional debe presionar y colaborar para que la ayuda llegue directamente a los barrios y comunidades afectadas.  No se trata de ideologías; se trata del derecho humano más básico: el de ser rescatado de la muerte.

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